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UN SUEÑO DE AMOR

Por. Claudio Emilio Pompilio Quevedo París, 24 diciembre de 1916 En la gran ciudad, donde reina el asfalto y el smog, donde habitan seres inconscientes y amargados que no saben o han perdido lo más bello del soñar, cuyas vidas anodinas discurren frenéticamente, paralelas al vertiginoso tic-tac del reloj, estaba yo de vacaciones, y no sabía qué hacer. En casa la vida transcurría plácidamente. Alrededor del hogar el aroma del inmarcesible pino se mezcla con el delicado aroma del chocolate caliente que toman mis padres. Mi intranquilidad poco a poco va aumentando. Era extraño verme en ese en ése mundo cómodo y plácido. Un mundo en el que las preocupaciones no existen y si las hay, es mucho más fácil que se diluyan como el humo espeso que fluye a través de la gruesa chimenea. Mirando a mí alrededor y sentándome frente al gran ventanal del salón, observo hacia afuera. ¡Cuántos viandantes! pienso. Gente que corre de aquí para allá , como hormigas en busca de alimento para almacenar. No sé cuánto tiempo estuve allí, solo y pensativo, cavilando, sin ánimos para pronunciar ni siquiera una tímida palabra. Los pensamientos retrocedían rápidamente a mis primeros años. A la vida en el colegio religioso. A las lecciones que cariñosamente mi dulce madre me enseñaba. A los agitados juegos infantiles con mis hermanos mayores. Me veía en las posesiones campestres de mi madre, haciendo las mil y una travesuras, montando a Wellington, comiendo manzanas, nadando en el río de rápidas aguas, entre esa vida sana y bucólica que solo el campo proporciona. Mamá, ¡cuánta ternura y amor se encierra en ese nombre! , ¡Cuántos sufrimientos y amarguras les damos a menudo, queriendo hacer lo que ella, por su amor hacia nosotros nos prohíbe!. La recuerdo joven, con su castaña y abundante cabellera. De ojos grandes y hermosos que recuerdan a los de María Félix. Algo baja pero de clásicas formas. Vestida de crujiente tafetán, cintas y encajes. Cuidando las plantas que son su debilidad y aconsejándonos con ese tono de voz tan dulce y delicada al hablar, que solo una dama como ella podía hacerlo. Cómo de otra época o de otro mundo, así era ella. Una época que debió ser hermosa. Sus manos, suaves y delicadas, con mimo acariciaban nuestras cabezas de cabellos revueltos, cada vez que íbamos a escondernos en su regazo, tras hacer alguna travesura. Tan sólo con sus delicadas palabras nos hacía reflexionar y aceptar la culpa cometida. En medio del vergel y la vorágine de aquellos parajes, parecía una bella y delicada rosa de fragante y dulce aroma ¡Cuánto amor nos da y cuánto amor nos dará! Sus palabras de entonces aún resuenan en mi memoria. ¡Hermosa etapa la de la niñez!. No sé cómo no estamos en ella toda la vida. De pronto, un estruendo me hace volver intempestivamente al presente. Algo se había caído en un lugar cercano, pero tras el sonido perturbador solo logro sentir la gruesa voz de nuestra nana que llama a la mesa. -Es la hora de cenar. Mi garganta sigue muda y los oídos parecen no escuchar las animadas voces de ms padres. Algo extraño pasaba dentro de mí. Algo que no sabría definir y que, aún hoy, con el paso de los años, no sé qué era. Un poco perturbado entro en el comedor y me siento silencioso. Mi anciana madre me mira con un gesto de amor, pero a la vez de extrañeza por el gran silencio que me posee. Al servir las viandas y comenzar a probarlas, me voy sintiendo mejor, y la sobriedad de mi aspecto cambia. Como liberado de un encantamiento torno a ser el mismo de siempre; alegre y parlanchín. Desde ese instante todo vuelve a ser como siempre. Media hora después, en la soledad de mi habitación, sin mucho pensar, tomo un pesado libro. Pero solo paso página a página, mirando de vez en cuando alguna palabra extraña o divertida. ¡De pronto! aparto mi vista de él; cerro los ojos y al abrirlos tropiezo la con el periódico de la tarde que una de las doncellas había colocado sobre la cómoda bombé. Devolví el libro al lugar de donde lo había tomado y tomé el periódico para conocer las novedades. Me senté al borde de la cama de dosel y traté de leer las noticias. Pasaron algunos minutos antes de caer en la cruda realidad. Guerra, hambre, desolación, desesperanza; era todo lo que traía. No quise continuar leyendo. Tomo mi abrigo y casi a hurtadillas salgo de casa, sin rumbo fijo y pensando en lo cruel de la contienda. No sé cuánto anduve. Crucé calles y plazas. Un frío intenso penetra mi cuerpo casi hasta helar mis huesos. De repente tropiezo con algo. Bajo la mirada y miro un cuerpecito tembloroso por el frío invernal. Acurrucado al lado de un caldero que infructuosamente calentaba algunas castañas. Me pongo de cuclillas a su lado y le pregunto: -Qué haces aquí en medio de la noche y con éste frío? -Tengo que trabajar vendiendo castañas para poder llevar comida a mi mamita enferma. Responde un pequeño con los ojos anegados en lágrimas. -Pero si es de noche y dentro de poco será nochebuena. No deberías estar aquí. Estás helado! Replico tocando sus majillas. En un acto reflejo tomo sus diminutas manos e intento darles calor. Repentinamente me sentí despreciable. Todo el dinero que tenía y nunca he hecho nada para ayudar a niños como éste, víctimas inocentes de la guerra. Como pude le ayudé a incorporarse y lo cubrí con mi abrigo. Entonces el chiquillo esboza una sonrisa y me dice. -Me llamo Francois. Juntos recogemos las castañas y le pido que me lleve a su casa. Cruzamos media ciudad. Por el Alexandre III atravesamos el Sena. Comenzamos a salir de las calles elegantes de París hasta llegar a los suburbios. Barrios periféricos llenos de suciedad, escombros y gente mal oliente que me miran con desprecio y odio. En el último piso de un destartalado edificio vivía el niño. Al entrar no podía creer el grotesco escenario de su miseria. Una diminuta habitación, sin ventanas, con una silla rota y un camastro en el suelo. A la izquierda, semi oculta por una vieja mampara, una débil y amarillenta mujer. Con el rostro ajado por los sufrimientos, casi desnuda a pesar de la baja temperatura y con un triste aspecto, que tose sin cesar. Francois se abalanza sobre ella con una mueca de dolor que jamás olvidaré. Inmediatamente comprendo que era su madre. Afuera, un torbellino de gente se arremolina frente a la puerta del humilde hogar., preguntándose unos a otros, el motivo de mi visita. Mis ojos, cuajados de lágrimas, casi no las podían contener, pero haciendo un esfuerzo supremo, logro no desborde el caudal que pugnaba por salir. Por una fracción de segundo observo a Francois y le pido que me aguardase. Salgo tempestuosamente, atropellando a mi paso el mar de vecinos y curiosos. Bajo las rusticas escaleras y logro llegar a una esquina solitaria donde espero, con gran fortuna, el paso de un taxi que me lleve a casa de mi médico. Irrumpiendo en la sagrada tranquilidad de su hogar, atropelladamente le cuento aquello que me agobia y sin mucho que pensar, juntos salimos a la casa de mi pequeño amigo. Al subir, la gente se alborota con la presencia de ambos, se hacen mil conjeturas. Mientras el doctor reconoce a la madre del chiquillo, hablo con él, y le pregunto, -¿Qué es lo que más deseas en éste mundo y cuál es tu sueño más querido? Su sencilla respuesta me deja atónito. _Deseo que mi mamita se cure y seamos felices. Que ya no hayan más guerras y que los hombres se amen, porque todos somos hermanos y deberíamos buscar la paz, sembrar los campos, ayudar a las personas pobres dándoles trabajo y comida para que los niños como yo no sufran y no aprendan a sentir odio. Paz y amor es lo que deseo, no morir por algo de lo que no tenemos la culpa. Con una ráfaga de imágenes aterradoras pasan por mi mente los duros momentos transcurridos por los soldados en los campos de batalla, y todos los que inocentes que injustamente son llevados a los campos de exterminio. Lágrimas de impotencia corren por mis mejillas cuando pienso que si todo el dinero que se gasta en bombas y armamento se invirtiera para el bien del mundo, seríamos más humanos y el amor renacería de nuevo en nuestros duros corazones. Las palabras del pequeño retumbaron en mi mente como bombas contundentes. Casi no podía creer lo que había escuchado. El sueño de un niño tan pobre como Francois, no era para él, sino para su madre agonizante y para el mundo. Las campanas de una iglesia cercana indican que ha llegado la nochebuena, la gente se retira a sus casas y la nieve comienza a caer en sobre las calles desiertas. . Impactado por la dura realidad de la gente miserable como aquella, miro al doctor y con dolor comprendo el movimiento que hace con su cabeza. Trato que Francois no se dé cuenta, ¡pero es imposible!. El muchachito corre hacia su madre que había muerto. Su llanto resuena por toda la habitación y un manto de pesadumbre lo envuelve todo. Desde esa fatídica nochebuena, Francois vivirá en mi casa, con mi familia, como un miembro más de nuestro hogar, sin sospechar que, en el futuro, convertido en un adolescente que casi todo ha olvidado, una nueva guerra azotaría al mundo y su sueño de amor habría terminado.


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