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MILAGRO EN LAGRASSE

Por. Claudio Emilio Pompilio Quevedo Dedicado a la Lic. Ana Teresa Delgado de Marín

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Lagrasse, Francia, 21 de diciembre de 1916

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La noche de invierno se había dejado caer como un pesado manto sobre la pequeña villa de Lagrasse.

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Por las desoladas callejuelas medievales solo corría una gélida brisa que espantaba a cualquier viandante. Incluso aquellos que en las tórridas noches de verano se dedican a matar las largas horas del tedio estival visitando las pocas tabernas del lugar, para proveerse de un buen trago de vino, o cualquier otra bebida más fuerte que les alimente el ánimo, de fuerzas y permita olvidar las fatigas de sus vidas miserables, donde la pesada rueda del destino parece aplastarles inmisericordemente.

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Esa silenciosa noche del 21 de diciembre, todo parece en calma. Como si las hadas que habitan las colinas cubiertas de pinos que circundan el villorrio hubieran sobrevolado sus techos nevados, vertiendo sobre ellos, polvos mágicos que adormilaran la población, para ellas poder visitar la aldea sin ser vistas, y mucho menos molestadas.

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Pero en una de las casas más pobres, aquella derruida vivienda entramada, sobreviviente del siglo XVII, que orgullosa se levanta a las afueras de la población, la exigua luz de un candil ilumina el rostro sombrío de una madre, desesperanza, al ver caer las hojas del calendario sin tener noticias del amado, ausente del hogar por causa de la guerra.

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Con resignado sino, la desprolija señora arropa los frágiles cuerpecitos de dos de sus pequeños, que inocentes, duermen abrazados sobre un camastro improvisado, colocado muy cerca del hogar, para que las escasas llamas que surgen de los enjutos troncos secos que arden desde las primeras horas de la tarde puedan proveerles algo de calor.

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Sobre el antepecho de la ventana se apoya Michel, el hijo mayor de la familia, que a sus catorce años intenta llevar adelante las responsabilidades dejadas por el padre, que día a día, valientemente arriesga la vida en los campos de batalla, defendiendo a la patria y cubriendo de honor a la familia.

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A pesar de la ruda realidad que le ha tocado vivir, en su mente todavía infantil, el muchacho sueña con una existencia llena de aventuras, donde sus seres queridos son felices y el puede cruzar los océanos cual pirata y defender doncellas en apuros, armado como un caballero medieval. Sueños que sabe imposibles, pero que, no por ello deja de imaginarlos.

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-El fuego está mermando!- se lamenta quedamente la joven señora de frente ya surcada de arrugas, producto del duro trabajo y los tormentos.

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Michel se voltea sin decir palabra y mira hacia la oscura chimenea donde las llamas parpadean débilmente, anunciado su próxima extinción.

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-Iré por más leña- pronuncia resignado, sabiendo que debe hacer el trabajo de los hombres.

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La madre le mira con los ojos anegados en lágrimas y baja la cabeza para no dejar ver su pesar al pensar en aquel pequeño que debería asistir a la escuela y jugar con los otros niños de su edad. Pero la brutal situación que viven es más pesada que una piedra sobre la cabeza, y aquella navidad de 1916, la vida, para ellos, era solo una perenne lucha por sobrevivir.

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Arropado con un degastado cobertor de lana rustica y burdos guantes, mil veces remendados, Michel sale de la casa con paso decidido y se dirige al pequeño edificio de piedra que les sirve de pesebre, granero y depósito de leña.

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En el oscuro recinto escucha el mullido de la vaca que les provee de leche fresca y el cacareo incesante de las pocas gallinas que han sobrevivido a la incautación del ejército, cuando en verano, un escuadrón pasó por el pueblo rumbo a un destino aún incierto.

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A tientas y tratando de no caer, se dirige al fondo del local donde encuentra la leña seca, apilada desde el final de la pasada estación, de la que se provee varios trozos que de inmediato lleva a casa, donde encuentra a la madre concentrada en remover el caldo espeso que borbotea dentro de una gran olla ennegrecida por el tiempo.

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La madre siente su presencia pero prefiere no mirarlo ya que se siente culpable de los afanes del muchacho.

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Michel tira algunos trozos de madera sobre restos de tizones carbonizados, que les ayudan a encender con frenética violencia, inundando el espacio con una confortable sensación de calidez.

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El muchacho sonríe satisfecho, se frota las manos fuertemente, se cala un colorido gorro tejido, con movimientos gatunos se acerca a la madre a quién da un furtivo beso sobre la mejilla tibia y sale corriendo sin esperar palabra alguna.

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Entre la espesa nieve que casi le alcanza las rodillas dificultándole las pisadas, Michele camina sin rumbo hasta divisar a lo lejos la imponente masa de la Abadía de Santa María, iluminada por un sutil halo de luz plateada, proyectada por la inmensa luna.

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Sin pensarlo se dirige al gótico edificio y penetra hasta la iglesia donde se postra ante la imagen de la Virgen con el niño, suspendida a la izquierda del altar, e iluminada por cirios dejados por los habitantes del lugar.

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Ante la dulce señora del cielo reza con devoción pidiéndole que le devuelva a su padre. Que regrese de la contienda y permanezca con ellos como cuando era un niño.

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El aroma de incienso que se esparce desde el ara dorada, perfumando la cruz, el cansancio debido al duro trabajo diario y el hambre acumulada, le producen una especie de sopor, que finalmente le hacen perder la conciencia y caer al suelo donde permanece tirado por largo rato sobre las gélidas baldosas de arcilla barnizada.

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De repente, como transportado por unas manos invisibles, Michel despierta sobre el puente Vieux, alertado por la tibio caricia del resplandeciente sol de primavera y el hipnótico murmullo del rio Orbieu.

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Restregando sus ojos se levanta apresurado, y confundido mira alrededor. Todo está como siempre: Las antiguas casas de piedra que bordean las riberas del río y los puentes que le atraviesan. A lo lejos divisa la gótica torre de Saint-Michel, la imponente silueta de la Abadía de Santa María y se pregunta:

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-Cómo llegué hasta aquí? y más extrañado aún – Parece estar en verano… siendo invierno!

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Con la cabeza dándole vueltas mira hacia el cielo y es enceguecido por el radiante sol que en el cenit resplandece en toda su plenitud meridiana.

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Instintivamente hecha a correr dirigiéndose a la Abadía que alcanza en pocos minutos.

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En uno de los patios mira hacia el balcón donde divisa la figura de un hombre joven, recostado sobre una columna de piedra, y que le mira fijamente con una dulce sonrisa dibujada en los labios.

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Michel le observa embobado y se sienta a los pies de un viejo árbol donde cierra los ojos y lleva las manos a la cabeza.

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Un suave toque en su hombro derecho lo saca de su ensimismamiento. Mira hacia el que le toca y se da cuenta que es el joven del balcón, que sin dejar de sonreír se sienta a su lado.

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Michel no puede dejar de mirarle, atraído hacia aquel desconocido como una abeja a la miel.

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Nunca había visto a una persona así. Blanco como el lomo de un armiño, con los ojos profundamente azules e inmensos como lagos. Largo cabello rubio le cae como bucles de oro sobre albas ropas inmaculadas.

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Ante los ojos del muchacho el desconocido parece envuelto por un halo de luz resplandeciente que le hace sentir confianza y fraternidad.

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-Porque tan preocupado y triste? - Pregunta de improviso la aparición.

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-Es por mi padre que se fue a la guerra y no sabemos nada de él. Mi madre sufre en silencio creyendo que yo no me doy cuenta. Pero ya soy un hombre y sé que él le hace falta, igual que a nosotros.

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El desconocido lo escucha con atención sin perder nunca la sonrisa hasta que levantando la mano derecha y apuntando con dos de sus dedos al cielo despejado dice…

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-No debes sufrir más. Tu padre ya está en casa.

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Y levantándose le ordena dulcemente; debes regresar a tu hogar. Tus padres y tus hermanos te necesitan.

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Ante las palabras de aquel extraño, su corazón se llena de esperanza y rompe a llorar, mientras el visitante se va alejando sin despedirse.

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A los pies de la Madonna, sollozando y tremando de frío lo encontraron dos monjes que acudían a la Iglesia para rezar las últimas oraciones de la noche.

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Sorprendidos y asustados, uno le ayuda a incorporarse mientras el otro corre en busca de una bebida para calentarle el cuerpo.

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Vuelto en sí, entre lágrimas y sonrisas, Michel cuenta su extraño sueño y tras ser bendecido por los religiosos, corre hasta su casa sin importarle la inclemente tormenta de nieve que ha iniciado.

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Al alcanzar la plaza del mercado logra advertir como se aleja un pequeño convoy militar.

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Con el corazón palpitando con la fuerza de cien caballos desbocados continúa la apurada marcha y al llegar a su casa iluminada, tras empujar la pesada puerta y cruzar el umbral, en medio de la estancia, encuentra a su padre uniformado; vendado y con muletas, que permanece con los ojos cerrados, abrazado por su esposa y los niños más pequeños, unidos en amor por un torrente de lágrimas de gozo que brotan de sus ojos como caudalosos manantiales de prístinas aguas.

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Estupefacto por la visión extraordinaria, Michel no puede creerlo y se restriega los parpados pensando que sigue dormido, pero su padre que ha abierto los ojos al sentir sus pasos temblorosos, extiende los brazos en señal de entrañable acogida y él, pletórico de dicha, se lanza hacia el maltrecho soldado que ha regresado al hogar tras librar su última batalla.

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Lagrasse. Catalogado como uno de los pueblos más bellos de Francia, cuenta entre sus joyas arquitectónicas con una magnífica abadía de Santa Maria d’Ourbie, cuya fundación se remonta al siglo VIII. El rio Orbieu, que en un primer momento dio nombre a la abadía, atraviesa esta pequeña aldea resaltando aún más la belleza del lugar. Venerables puentes, restos de murallas y antiguas casas de entramado de madera, como la casa Maynard (del siglo XIV), confieren encanto a esta aldea medieval, cuya plaza adoquinada alberga, cada verano, ferias de artesanía y mercados de productos regionales. • Casas de entramado.de s XII al XVIII colinas cubiertas de pinos y de vegetación mediterránea. En algunos lugares se cultivan viñas con las que se elabora el vino local. Conjunto medieval: murallas, callejones estrechos: La Tour de la Plaisance, del siglo XII, torre defensiva del antiguo amurallamiento. • Abadía de Sainte-Marie de Lagrasse. • El Pont Vieux (1303). • Iglesia de Saint-Michel (gótica) de nave única, erigida entre 1359 y 1398. • Plaza del Hall, donde se encuentra el antiguo mercado cubierto y la casa natal del general Maynard. • En las proximidades a la población, en la comuna: Vestigios del Priorato pre-románico de Mirailles Vestigios del priorato románico de Saint-Michel de Nahuze


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