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EL PRÍNCIPE DE LOS RATONES (CUENTO NAVIDEÑO)

Por. Claudio Emilio Pompilio Quevedo

Ilustración: Claudio Pompilio

@cepq

Dedicado a todos los niños y a todos aquellos que en el corazón seguimos siendo niños .

La habitación permanecía en penumbras y solo el resplandor que brotaba de la chimenea encendida, permitía entrever los objetos del salón. Las pesadas cortinas de terciopelo carmín con flecos dorados, corridas sobre los inmensos ventanales de arco para impedir el paso del frío y de la luz nocturnal. Los dorados muebles Luis XVI tapizados en seda crema con motivos orientales. La inmensa araña de cristal con miles de lágrimas y docenas de largas velas que pende en medio del techo pintado al fresco con escenas de diosas y querubines celestiales. Los retratos de los antepasados de la familia posando en recamados trajes. Las alfombras de seda persa, las chucherías de fina porcelana china colocadas sobre doradas mesitas ovales y sobretodo el árbol de navidad.

¡Que árbol!, soberbio, enorme, fragante; orlado con estrellas de cristal que destellan como una constelación cuando tiene sus velitas blancas encendidas. Bambalinas que semejan esferas de oro puro, pajarillos de exóticos plumajes, ángeles y querubines de mirada melancólica y a su pié, decenas de cajas de las más diversas formas y tamaños, envueltas en coloridos papales y atadas con enormes lazos, quienes esperan ansiosas la gran noche santa para ser abiertas y descubrir sus contenidos a los chiquillos de la familia después de la cena pascual.

Pero en un oscuro rincón. Apartado de las miradas curiosas, casi en la esquina más cercana al ventanal, un agujero pasa inadvertido y de allí, noche tras noche, sale un pequeño ratón con traje de mosquetero, tan blanco como la nieve, que presuroso recorre las estancia, en busca de los restos de comida que los humanos han dejado sobre una gran mesa redonda vestida con un vistoso mantel de brocado tan rojo como la sangre, donde colocan para las visitas de ocasión, los más fino dulces y fragantes frutas de la estación.

Trepado sobre la mesa y observando el panorama para constatar que no hay nadie, se acerca al borde de la misma y con una señal casi imperceptible llama al resto de sus amigos, quienes en fila india se van ubicando estratégicamente para formar una especie de puente viviente sobre el cual pasaran las golosinas que su líder les va lanzando para llevar a su madriguera. Diariamente, pasada la media noche el ritual se repetía hasta que, cercana la noche buena , cuando la tropa estaba en su faena, irrumpió de repente una pequeña de cabellos de oro y mirada oceánica, vestida en rosa, con una muñeca en su mano y un mantelito verde en la otra, que, regresando de casa de sus primitos, se dirigió al salón penumbroso para recolectar algunas frutas que en la mañana regalaría a un pequeño limpiabotas que siempre se sentaba al inicio de su escalera callejera. Al momento, la niña y ratoncillos se sobresaltaron por la sorpresa del encuentro, hasta que los pequeños animales, rompiendo fila y en desorden, corren por toda la estancia para escapar del intruso nocturno. Marie, más que asustada, permanecía divertida observando a los pequeñines en fuga, que bajo los suaves destellos de luz que reverberaban en el hogar, parecían jugar a las escondidas.

Pasada la sorprendente visión, al acercarse lentamente a la mesa se percata que uno de los visitantes inesperados aun permanecía sobre esta, mirándola fijamente y sin el menor asomo de temor.

¡Ella tampoco le temía! Así es que, serena, poco va inclinando su torso para observarlo más detalladamente.

Frente a frente, niña y roedor se miran abriendo al máximo sus ojos y así permanecen durante largo rato fundiendo sus miradas sin ni siquiera pestañar, hasta que el pequeño príncipe se incorpora sobre sus patas traseras y ceremonioso le ofrece una elegante reverencia a la que la niña contesta con igual gesto, para luego salir corriendo entre sonrisas.

Durante seis noches se repitió el mismo ritual y cada vez la pequeña dejaba a los ratones un pañuelo blanco lleno de sabrosos quesos, que la tropa disfrutaba hasta quedar tan satisfechos que un plácido sueño les invadía de inmediato y entre suspiros se veían en plena primavera, jugando entre las flores del jardín trasero.

Pero en la madrugada del día 25, tras una espléndida nevada que había cubierto con un albo manto de plata los setos que bordean el jardín, el árbol todavía iluminado y una mesa que había sido regiamente servida, apareció de repente trepada sobre el respaldar del sofá, una enorme rata negra vestida de Rey, acompañada de otros repulsivos servidores que poseídos por un insaciable afán de destrucción saltaban sobre la mesa, destrozando con sus pequeñas espadas todo lo que encontraban a su paso.

Percatándose del alboroto que provenía del salón, el príncipe de los ratones y sus amigos salen de su hogar, dispuestos a librar batalla, armados con relucientes espadas de plata con empuñadura de oro. El Rey rata desde su atalaya miraba amenazante a la pequeña que dormía placidamente, agotada tras la larga noche de juegos y descubrimiento de regalos.

La repentina aparición de los defensores de la niña hizo estallar de furia al depredador que afilaba sus poderosos dientes, quién en un salto vertiginoso se coloca frente al blanco comandante, con quién lucha hasta ser vencido.

Viendo a su jefe caer, los ratones negros huyen presurosos, al tiempo que el valiente príncipe se desploma herido de muerte. Marie que lo observaba todo escondida tras el respaldar del sofá, corre para tratar de ayudar al héroe moribundo, que delicadamente toma con sus menudas manos y coloca sobre unos mullidos almohadones árabes colocados muy cerca del árbol.

De sus ojos inocentes brotan sendas lágrimas que frenéticamente corren sobre sus mejillas para estrellarse sobre el cuerpecito inerte del ratoncillo inconciente. ¡De pronto!, el gran abeto se ilumina con un resplandor sobrenatural que inunda todo el recinto con una luminosidad enceguecedora. La pequeña cierra fuertemente sus ojos y al abrirlos tras un momento de inmovilidad, se ve sorprendida por la visión más extraordinaria, Sobres los mullidos almohadones reposaba un joven príncipe de mirada melancólica y oscuros cabellos ensortijados que tomando sus manos le cuenta su trágica historia. ¡Sí!, aquel joven maravilloso no era otro que el pequeño príncipe de los ratones quién maldito por una bruja. Estaba condenado a vivir entre las sombras hasta que las lágrimas de dolor de una pequeña inocente rompieran el encanto y lo devolviera a su condición humana.

Las horas fueron pasando casi inadvertidas. La mañana los encontró aún riendo y charlando. Así los encontraron los miembros de la familia al entrar a la sala, y sí permanecen desde entonces cada día de sus felices vidas.


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