El Elixir Carmesí de la Rue de Rivoli

El Elixir Carmesí de la Rue de Rivoli

Por. Claudio Emilio Pompilio Quevedo

Foto Creada por CEPQ con IA

París, 31 de octubre de 1900

El esperado y temido nuevo siglo había despertado en París, pero en el apartamento con un número olvidado de la Rue de Rivoli, la sombra del pasado se aferraba con garras heladas.

El espacioso apartamento, opulento en su decadencia, era un relicario de seda polvorienta y espejos velados, un mausoleo para la vida que languidecía.

Allí, bajo un dosel de damasco púrpura, yacía Eleaonor. Su belleza era la de una estatua de cera; perfecta, inerte, un sombra de la juventud que la había abandonado hacía ya tres lunas.

Sus grandes ojos, antaño del color del Sena al atardecer, miraban sin ver el techo ornamentado.

Una dolencia innombrable, un frío interno que la medicina de la Belle Époque no podía mencionar, la había confinado a ese lecho. Su única esperanza, su única posible resurrección, residía en una superstición tan antigua como los cimientos de Notre Dame: el Elixir Carmesí, la sangre pura de un sacrificio.

Su hermana, Jane, era la encargada de esta liturgia profana. Ella era la antítesis viva de Eleanor: vibrante, con una belleza incisiva que cortaba el aire. Casi pecaminosa. Cuando se movía por las sucias calles y elegantes salones de la ciudad, el crujido de su tafetán negro sonaba como una promesa o, ¡quizás! una amenaza.

Por las noches, la abnegada joven se convertía en una cazadora.

Se enfundaba en abrigos de piel y sombreros de ala ancha, y se deslizaba por las avenidas iluminadas por los nuevos faroles de gas, una mariposa nocturna en busca de una flor fatal.

Su método era tan frío como elegante: la seducción.

Hombres jóvenes, a menudo artistas o estudiantes, eran atraídos por la llama azul de sus ojos y la promesa de un misterio que ella encarnaba.

Los llevaba a su guarida, y en la intimidad artificial de las alcobas de alquiler, extraía su vida. La sangre, tibia y rica, era transportada en un frasco de plata, goteada sobre los labios resecos de Eleanor en un ritual desesperado y fútil.

Pero, para su desdicha, una y otra vez, había fallado. El elixir no hacía efecto. Eleanor permanecía inmóvil. Con urgencia necesitaba la ofrenda perfecta.

Una noche de Halloween, el aire de París olía a castañas asadas y a decadencia dulce. Jane merodeaba, solitaria y cabizbaja, por los muelles del Sena, su corazón era una piedra helada en su pecho. Fue entonces cuando lo vio, inclinado sobre la barandilla, contemplando el reflejo de la luna en el agua negra.

Se llamaba Gabriel.

Su cabello, azabache y rebelde, contrastaba con la hermosa palidez de su piel. Sus ojos, de un azul tan claro que parecían capturar la luz de las estrellas, destilaban una melancolía noble y lejana. ¡Era perfecto!. Era, más que cualquier otro, la encarnación de la vida que la cazadora buscaba con desesperación.

Sigilosamente se acercó con la gracia de una mantis religiosa. Su voz, como un susurro de seda rasgada, lo envolvió. Gabriel, perdido en sus pensamientos, se giró y fue atrapado.

Con la luna como testigo, la conversación fluyó, ligera y profunda, anclada en la poesía y en la desesperación joven que ambos parecían compartir. Pero bajo el encanto inicial, Jane sentía la urgencia de su misión.

Fingiendo sentir frío y necesitar una bebida que le caliente el alma, lo condujo a un café apartado, y allí, en una copa de licor oscuro, disolvió el sopor.

El viaje de regreso a la Rue de Rivoli fue un borrón. Gabriel se sintió extrañamente aletargado, pesado, como si el sueño fuera una marea ascendente.

Despertó en una habitación desconocida, en la casa de Jane, bajo la luz fantasmal de una lámpara de aceite. Estaba atado, no con cuerdas, sino con lazos de seda negra, en una silla de terciopelo.

Ella permanecía frente a él, vestida con una bata blanca más semejante a un sudario que un camisón. En su mano derecha, un pequeño puñal de mango de marfil brillaba al contacto de la luz.

«No te asustes, Gabriel», murmuró, con su voz carente de toda emoción. «Esto es solo el preludio de una gran transformación.»

Pero mientras Jane se acercaba, la llama de la lámpara pareció temblar, y un sentimiento extraño, una punzada desconocida, la detuvo. No era miedo, sino algo más cálido, más humano.

La belleza inerme de Gabriel, el color prístino de sus ojos claros, la vida vibrante que palpitaba bajo su camisa, la paralizó completamente.

Este desconocido no era una víctima más, sino… ¿un tesoro?

La idea la repelió y la fascinó a partes iguales. Era la primera vez que después de tanto tiempo de búsqueda incansable… dudaba.

Aprovechando la vacilación de su capturadora, que se había alejado para echar un vistazo a un retrato, Gabriel forcejeó.

Las ligaduras de seda se deslizaron. Su mente, aún nublada por el narcótico, le gritaba que huyera.

Salió de la habitación y se encontró en un pasillo tenebroso, iluminado por la luz de la luna que se filtraba por un tragaluz sucio. El aire estaba cargado de un olor agridulce a enfermedad y a incienso rancio. Al final del mismo, una puerta entreabierta dejaba ver una luz suave.

Impulsado por una morbosa curiosidad, Gabriel se acercó y empujó la puerta.

Al abrirse del todo, el horror lo golpeó como una ráfaga de aire helado.

¡Allí estaba Eleanor!.

La habitación era gótica y sombría, pero la hermana enferma, en su cama, era la pieza central de esa pesadilla.

El color gris ceniza de su piel ajada, sus labios agrietados, la extrema delgadez de sus miembros. La visión no era la de una enferma, sino la de una muerta que respiraba, un capullo marchito de belleza.

Sobre su mesilla de noche, Gabriel vio un frasco de plata, vacío, y a su lado, en una bandeja de latón, unos tubos hipodérmicos y jeringas de cristal, teñidas de un color rojo oscuro, casi negro.

La verdad, fría y afilada, se clavó en su mente: la hermana, la sangre, el sacrificio.

Un jadeo impetuoso cortó el silencio. Jane estaba en el umbral, su rostro transfigurado por una furia monstruosa.

Ante la visión del joven en el aposento, la duda se había evaporado, reemplazada por el terror de ser descubierta y la desesperación de intuir el fracaso de su misión.

«¡Te atreviste!», siseó, su voz era apenas reconocible. «¡Ahora pagarás por invadir mi sagrario!»

El puñal de marfil nuevamente brilló en su mano. Gabriel, con el sopor roto por la adrenalina, se lanzó hacia atrás. Sus ojos encontraron el único objeto de consuelo: un pequeño crucifijo de plata que pendía de una cadena alrededor de su cuello. Un regalo de su abuela, un talismán simple, a menudo olvidado.

La disputa fue inhumana, un ballet macabro en el pasillo sombrío.

Jane era rápida, movida por una fuerza sobrenatural, la potencia de una devoción distorsionada.

El roce del puñal le desgarró la chaqueta. Gabriel se defendía con la desesperación del inocente, sus manos aferradas al crucifijo.

Retrocedió hasta el umbral de la habitación de Eleanor. Jane, como un animal enfurecido, se lanzó en un ataque final, con los ojos fijos en su garganta.

En ese instante de vida o muerte, Gabriel, con una fuerza desconocida hasta el momento, gritó y clavó el crucifijo de plata en el pecho de la enloquecida agresora..

El impacto no fue el de un puñal en su carne tibia, sino el de hierro candente en hielo seco.

Jane lanzó un alarido de agonía que no era humano. Su cuerpo se convulsionó.

De la herida no brotó sangre, sino una especie de humo negro y acre. Cayó al suelo, sus ojos fijos en el techo, y en un parpadeo, su belleza se desvaneció. La piel se secó, el cabello se volvió pajizo, y la cazadora se convirtió en un despojo.

Al mismo tiempo, un aullido gutural resonó desde el lecho. Eleanor.

Gabriel se giró para observarla. La figura hasta hace poco inerte, se había incorporado, sus ojos permanecían abiertos de par en par, inyectados en sangre.

Pero no era la resurrección; era la combustión. La inmovilidad de años y la sangre corrupta de la que se había alimentado exigían un pago final.

Pequeñas llamas azules comenzaron a lamer la seda del dosel. En segundos, la cama de Eleanor se convirtió en una pira ardiente. La hermana enferma, la razón de todo el horror, ardía, consumida por su propia corrupción.

Gabriel, con el olor a azufre y carne quemada llenando sus pulmones, huyó de la Rue de Rivoli. Bajó las escaleras de caracol, sus botas golpeaban el mármol, sin mirar atrás.

Salió a la calle solitaria justo cuando el sol, un disco pálido y limpio, se elevaba sobre los tejados de París.

La suave luz del amanecer bañó la ciudad, disipando las sombras de Halloween y la negrura gótica de la noche.

En el apartamento con el número olvidado de la Rue de Rivoli, el humo era lo único que quedaba de las dos hermosas hermanas y de su pacto sombrío.

Gabriel se alejó, aferrando el crucifijo aún caliente en su mano, era un superviviente de un horror que la joven y luminosa ciudad de París se negaba a reconocer.

El Elixir Carmesí había fracasado, dejando tras de sí, solo, ceniza y silencio.

 

Ana Teresa Delgado de Marin

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