“Antes, todo era mejor”, suelen decir, con un gesto de añoranza en las pupilas o en los labios, muchísimas personas, sobre todo en estos tiempos en los que el mundo se tambalea y la situación, local e internacional, deja mucho que desear. Y si echamos la mirada en retrospectiva, en ocasiones nos parece ver, con una impresionante lucidez, un pasado en el que todo parecía más tranquilo y más optimista. El humor, en cierto modo, también era mejor antes, ya fuese por su compromiso, por su capacidad de denuncia o por la intensidad (a veces rayando en lo cruel) con la que buscaba perforar los cimientos de lo que consideraba digno de cambio o de destrucción, con la precisión con la que señalaba nuestros errores y defectos. Hoy en día, el humor, si no es frívolo, tiene el terror de toparse con lo políticamente incorrecto, con la desaprobación de la masa acéfala.
Molière, sin duda, es uno de esos grandes titanes en la historia del teatro; es uno de esos monstruos cuyo solo nombre nos permite establecer libre asociación con lo que una obra dramatúrgica debe ser. Molière no sólo buscaba hacer reír a su público, sino que, entre sus diálogos, sus situaciones disparatadas y sus conflictos, colocaba, con la precisión de un terrorista experimentado, bombas capaces de explotar en la cara de toda la sociedad. Moliére era un genio, sin duda alguna, y representarlo de una forma adecuada, naturalmente, no es ni será sencillo.
Pero el director Douglas Suniaga, junto a todo un equipo de talentosos intérpretes, productores y artistas, se dieron a la tarea de presentar “Tartufo” (quizás la obra maestra de Molière) en el Trasnocho Cultural, en el marco del Séptimo Festival de Jóvenes Directores. Este evento, en cierto modo, representa la vuelta del Trasnocho a la liga mayor del teatro capitalino tras el período de baja actividad que tuvo, al igual que tantas otras instituciones, a raíz de la pandemia de Covid-19 que asoló (y sigue asolando) al planeta.
Al entrar al teatro, topamos con una música envolvente y con varios personajes que, apurados, incómodos, desesperados en cierta forma, forman una correría a través de los pasillos de la gran casa en la que se desarrollará la historia. Hay tensión, pero una tensión graciosa, una tensión que, acompañada del muy bien elegido vestuario, nos transporta de inmediato a tiempos pasados. Es un gran gusto volver al Trasnocho, más aún cuando se sabe que se va a ver un clásico, con todo el desafío que ello implica para los realizadores.
Tartufo, como texto, presenta diversos dilemas: la vulnerabilidad, la manipulación, el uso del poder (así sea en escalas domésticas), los enfrentamientos entre la razón y la emoción, entre la sensatez y la impulsividad. El gran patriarca de una casa siente una debilidad, casi un enamoramiento, por un hombre manipulador y astuto, inteligente y hábil. Su familia intenta advertirle, aconsejarle, pero este hombre, ciego, pelele, influenciado por el gran carisma de su protegido, comienza a verlos como enemigos, como amenazas.
Y esta situación, estoy seguro, la hemos visto en nuestra cotidianidad en más de una ocasión. Las famosas “malas juntas” de las que solían advertirnos nuestros padres y cuyos consejos provocaban, contraproducentemente, casi como un reto, que nos acercáramos todavía más al abismo en el que, sin duda, caeríamos. En eso consiste la grandeza de Molière, en no perder vigencia, en conseguir que nos identifiquemos (o identifiquemos a nuestros familiares, amigos o conocidos) en la gran mayoría de sus personajes. En eso consiste su genio, su compromiso, en ser espejo de nuestras muecas más espantosas aún a casi cuatro siglos de su muerte.
La gran mayoría de las actuaciones de la pieza fueron impecables. Sin embargo, destaco dos como las que más me cautivaron por su encanto y por su forma de provocar la gracia. La primera de ellas es la de Jayler Romero, quien encarna a Orgón, ese pater familias tan fuerte para con los suyos pero tan débil para con Tartufo, su hijo putativo, su gran consentido. La otra, sin duda, es la de Marx Cipriani, quien representó a Dorina, quizás el personaje más cuerdo y disidente entre el resto, lo que lo convierte en la voz de la razón, en la consciencia que busca evitar la caída en desgracia.
En medio de tanto teatro frívolo, estúpido, es un gran placer deleitarse con una comedia de verdad, con una comedia bien hecha que, además, en su adaptación, se toma la libertad de echar guiños, como pequeñas puntas, a la situación tan extraña, tan paradójica, que vivimos en la ciudad de Caracas y en el resto del país. Parafraseando a uno de los personajes: “Menos mal que vivimos bajo un gobierno en el que no se resuelven las cosas por medio de la violencia”; esa frase, seguida de un gran silencio, provocó uno de los grandes estallidos de risa de la función. Y justo en ese momento pensé en Molière. De estar vivo, sin duda estaría orgulloso de esee elenco, de ese momento. Antes, en cierto modo, todo era mejor, es verdad, pero el teatro, ese martillo (como diría Brecht) tiene como misión seguir dándonos golpes para despertarnos y seguir mirando hacia adelante, venga lo que venga.
Tomás Arturo Marín
@tomasmarinde
