Finalizado nuestro ensayo y faltando cinco minutos para emprender el viaje hacia el Trasnocho Cultural junto a una de mis compañeras del grupo de teatro, recibo la llamada de un número desconocido. «Hola. ¿Estás en tu casa? Estoy al lado». Se trata de un amigo al que tengo mucho tiempo sin ver, uno de esos amigos de toda la vida que, aunque ahora vive en el extranjero, está de visita en Caracas. Le digo que sí, que venga para, al menos, para darnos un merecido abrazo, aunque faltan cincuenta minutos para la función y tengo miedo de llegar tarde.
«Estamos saliendo para el Trasnocho. ¿Quieres venir?». «Bueno, vamos». No se precisa más nada. Abordamos los tres mi carro, mi viejo carro que se suele recalentar de repente (achaques de la edad) y, a toda marcha, nos aventuramos, por entre la cola capitalina del atardecer, hacia el laberinto siempre imprevisible de Las Mercedes. Faltan apenas veinte minutos para la función. Yo comienzo a ponerme nervioso y a pretender, con poderes mentales inexistentes, controlar los semáforos y acelerar el tráfico. «No te preocupes. Vamos a llegar a tempo», me consuela mi compañera.
Somos los primeros en entrar a la sala del Trasnocho. Nos colocamos, prácticamente, en primera fila. No queremos perdernos de nada. El día, para todos y por dolorosos motivos que no vienen al caso, ha sido un poco gris. En el escenario, despejado de artificios innecesarios, varios actores, ya metidos en personaje, celebran una especie de reunión, de tertulia artística de aire esnobista ambientada por un muchacho que toca, desde un rincón, una guitarra eléctrica. No he leído nada de “La vida perdida”, el montaje que estamos a punto de ver. Sólo intuyo, por lo que he visto en alguna que otra publicación, que es una pieza que tratará sobre la muerte, un tema siempre fascinante. Pero no sé que esperar. Uno no sabe jamás qué esperar.
Cuando apenas han pasado unos pocos minutos, y William, el protagonista de la historia, interpretado de una forma monstruosa por Antonio Delli, pasa de estar en el eje y en el ambiente festivo de aquella reunión a, de repente, estar sentado, acompañado por un par de familiares, con la lucidez algo perdida y con la mirada clavada en un infinito sobrecogedor, en un tristísimo consultorio médico, tengo el presentimiento (que, progresivamente, se convertirá en una certeza) de que la obra que estoy a punto de ver me va a revolcar, me va a destrozar, me va a partir en dos.
William es uno de esos personajes que, a semejanza de aquellos héroes de la tragedia griega, están, desde el comienzo de la obra, marcados por una especie de sino maldito y oscuro asociado, naturalmente, a la muerte. Pero la lucha de William, a diferencia del Hipólito de Eurípides, del Edipo de Sófocles o del Prometeo de Esquilo, no se desarrolla en las praderas del Ática, en el palacio de Tebas o en las húmedas rocas de algún abismo; la lucha de William se ubica dentro del propio teatro, quizás la profesión, en estos tiempos, más ingrata e injusta del mundo.
“La vida perdida” es como una colección de hermosas estampas, de escenas precisas y bien pensadas, que se alternan mutuamente entre un humor exquisito y una amargura que, personalmente, me hizo llorar como un niño durante las dos horas de función. “La vida perdida” es una oda honesta, y sin pretensiones estúpidas, a los avatares del teatro. ¿Cómo no identificarnos, quienes hacemos teatro y no somos nadie, con William, con su batalla en un entorno cada vez más hostil, clasista y selectivo, con su confusión ante unos cambios vertiginosos que han convertido al arte de las tablas en un evento de farándula, con su llanto al entender que su grupo, lleno de gente con defectos, como tú y como yo, es su único salvavidas en su descenso a los infiernos?
Por si no fuese suficiente, “La vida perdida” se toma la valentía, casi como un homenaje a las comedias de Aristófanes y a su sinceridad descarnada, un momento para encarar y acuchillar, sin piedad, sin medias tintas, a mucha parte del gremio teatral actual, a esa cúpula que, muchas veces, mueve los hilos de las salas de Caracas y que, en su afán comercial y mercantilista, se olvida de que el teatro, más allá de la venta de boletos o de la promoción de caras conocidas, es una mesa en la que están puestos lágrimas, risas, amistades, penurias, alegrías, sacrificios y sueños.
A pesar de que no conecté tanto con la parte musical, siento que “La vida perdida” es de los mejores textos y montajes que he visto a lo largo de mi vida. Felicito, de corazón a todo el elenco (Antonio Delli, Guillermo Díaz, Sandra Yajure, Joe Justinuano, Larisa González, Mariela Suárez, Jayler Romero, Patricia Ramírez, Stephannye Baena, Jhonny Rivas, Marcos Salazar) y a todo el equipo técnico que supo amalgamar algo tan hermoso en una puesta en escena visualmente tan sobria. Mención aparte merece la dramaturga y directora Patricia Castillo, quien, además de hacer esta belleza de obra, es, por lo que pude conocer al saludarla, una persona cándida y simpática.
Al salir de la sala, mi compañera, mi amigo y yo, aún nos encontramos procesando todo lo que acabamos de ver, la manera en la que la obra nos marcó una fibra a cada uno. Salidos del Trasnocho, vamos a matar la noche en una tasca algo escondida del casco de Chacao. Comentamos, tragos y tequeños en mano, lo que más nos gustó de “La vida perdida”. Y, una vez más, los ojos se me aguan cuando recuerdo la frase con la que cierra William: “No digan que me llevó la muerte, digan que me llevó el teatro”.
Tomás Arturo Marín D
