La Casa de los Susurros

La Casa de los Susurros

Por. Claudio Emilio Pompilio Quevedo Cuento especial Halloween

Photo, Courtesy

 

Hace muchos años atrás, tantos que ya se ha perdido la cuenta, en un apartado lugar se levantaba majestuosa una antigua mansión, conocida en el pueblo como la «Casa de los Susurros».

Rodeada de altos árboles retorcidos y en medio de un espeso bosque, era un lugar que inspiraba temor y que los supersticiosos habitantes de la pequeña villa creían convencidos, que estaba embrujada, y que era un lugar maldito y tenebroso, donde se practicaba el mal.

Las hermanas Carolina y Carla vivían allí, solas, desde la violenta y extraña muerte de sus padres, con una única compañía: Pier, el jardinero un hermoso joven de ojos oscuros y misteriosos, que había sido recogido por su difunto padre, y puesto al servicio de la familia siendo apenas un adolescente.

Carolina, la hermana mayor, de cabello rubio y ojos verdes, había notado a Pier desde el momento en que llegó a trabajar en la mansión. Era solo un muchacho, pero su salvaje hermosura no pasaba desapercibida, y ella, que ya sentía la llamada del deseo, no podía apartar la mirada de aquel que parecía haber salido de una novela romántica.

Carla, en cambio, observaba desde lejos, sin atreverse a hablar con él, pero sintiendo una extraña atracción, desconocida hasta entonces.

Una noche, mientras una tormenta rugía en el exterior, Carolina decidió dar un paso más en su obsesión. Aprovechando que Carla estaba en su habitación, se acercó sigilosamente a la puerta del cuarto de Pier. Lo encontró semi desnudo, recogiendo herramientas en su pequeño cobertizo, y sonrió con malicia.

«Pier, estás empapado. Deberías secarte», sugirió con voz melosa, mientras su mirada impertinente se clavaba en la de él, y lentamente lo recorre, bajando por su desarrollado pecho y esculpido vientre.

Su respiración agitada delataba la conmoción que le producía su vasallo, y él, lo nota satisfecho, al darse cuenta que puede excitar la pasión de una mujer como esa. Hermosa y de buena cuna. Que le invita a seguirla sin pronunciar palabra.

Pier, sorprendido, asiente y la sigue a través de los interminables pasillos alfombrados de la mansión, sin saber que esperar de la silente invitación.

La tormenta aumentaba en intensidad, y el viento aullaba como si los árboles llorasen. La mansión se sentía más oscura que nunca.

 

En su opulenta habitación, iluminada por dorados candiles, mientras Pier secaba su crepo cabello negro junto a la chimenea, con movimientos felinos, Carolina se aproxima aún más. «Eres tan valiente por trabajar bajo esta tormenta. Debería recompensarte de alguna manera», dijo mientras dejaba caer su bata de terciopelo negro al suelo alfombrado.

Pier tragó saliva, nervioso, pero no se atrevió a rechazarla. Mientras tanto, Carla miraba desde la distancia, inmovilizada por el miedo y la incertidumbre.

En el exterior de la morada, la tormenta continuaba su danza feroz, pero dentro de la casa, el peligro crecía a pasos agigantados.

Sin mayor resistencia, Carolina logró su objetivo, y la atracción entre ellos se convirtió en pasión. Mientras susurraban promesas al oído del otro, las sombras de la habitación parecían cobrar vida.

Detrás de una columna de frío mármol travertino, Carla, atormentada por la escena que tenía ante sus ojos, se retiró a su habitación con el corazón roto.

La tormenta reflejaba su desesperación, y su mente comenzó a tejer un plan oscuro y sangriento.

Esa noche, mientras la tempestad rugía sin piedad, los tres protagonistas de esta trágica historia se vieron arrastrados hacia un abismo de miedo y pasión descontrolada.

Los días pasaron, y la relación entre Carolina y Pier se volvió más intensa. Carla, por su parte, se mantuvo en silencio, observando con ojos celosos a su hermana y al hombre que secretamente amaba.

Una noche de octubre, mientras Carolina y Pier retozaban en el jardín, un escalofrío recorrió la espalda de la muchacha. En la penumbra, vio algo que la dejó sin aliento: Pier poseía a su hermana bajo la luna llena.

Un grito ahogado escapó de sus labios, pero nadie lo escuchó.

Decidida a liberar su corazón de aquella pasión no correspondida, Carla se adentró en la oscuridad de la mansión que parecía caerle encima.

Noches más tarde, una nueva tormenta otoñal se avecinaba, y el viento aullaba como un lamento eterno.

Recordando la imagen de los amantes en el jardín, poseída por la locura, sintió una extraña presencia en la casa, como si algo o alguien la observara.

Sin pensar, cegada por la ira, avanzó con determinación hacia la habitación que ocupaban Carolina y Pier.

Cuando entró, los encontró desnudos y sudorosos, abrazados y enredados en una pasión sin límites.

La habitación estaba sumida en una penumbra inquietante, y las sombras que se movían en las paredes parecían pronunciar murmullos del más allá.

 

«¡Carla, ¿qué haces aquí?!» exclamó Carolina, sorprendida y molesta por la interrupción de su hermana pequeña.

Con los ojos llenos de lágrimas, la muchacha tartamudeó: «Lo siento, no debería haber venido. No quería molestar».

La furia de la naturaleza se había desatado. La tormenta rugía con furor, como si el mismísimo cielo llorara por la tragedia que se avecinaba, y el viento golpeando sobre los cristales parece querer advertir a los amantes del peligro que les acecha.

Humillada, la muchacha salió corriendo de la habitación, sintiéndose más sola que nunca. La herida de su corazón no hacía más que crecer, como si estuviera golpeada de muerte, y un filoso puñal le atravesara haciendo brotar ríos de sangre que van alimentando su rencor y desesperación.

Esa fatídica noche, en medio de la peor de las borrascas, la mansión de los susurros se llenó de los murmullos más oscuros y terroríficos. La rivalidad entre las hermanas alcanzó su punto de ebullición, y los celos de la hermana menor la llevaron a un camino de enajenación y venganza.

Velozmente, la tempestad se intensificó, y los truenos resonaron como tambores de guerra.

Carla, con la mirada perdida y la mente nublada por la obsesión, encontró un objeto afilado en la oscuridad.

La tormenta se fusionó con su furia, y sin pensarlo dos veces, se acercó sigilosamente a la habitación donde su hermana y Pier compartían su amor prohibido.

Con el corazón latiendo desbocado y el cuchillo en la mano, como una fiera herida se abalanzó sobre ellos.

La escena se volvió una pesadilla en medio del temporal: gritos, suplicas, sangre y el estruendo de la lluvia como fondo.

Cuando finalmente todo se calmó y la luz de la mañana iluminó la morada, la suave claridad del día, reveló la tragedia que había ocurrido.

En la antigua morada, la casa de los susurros, se habían musitado secretos oscuros, pasiones prohibidas y celos mortales.

Las hermanas, habían quedado atrapadas en una pesadilla de la que no podían despertar, y Pier, el inocente jardinero, había sido la víctima de su obsesión enfermiza.

El horror y el miedo seguían acechando la casa, y las terroríficas voces del pasado continuaron resonando en cada rincón, recordándoles a todos los que se atrevieran a entrar, que la pasión y el deseo desenfrenado podían llevar a la locura y la muerte, en medio de una tormenta despiadada.

 

El tiempo pasó, las hermanas envejecieron odiándose mutuamente y así, su inicial belleza fue marchitandose en la tenebrosa casa que las vio nacer, crecer, y destruirse.

El ángel de la muerte busca primero a Carolina. Fue compasivo y se la llevó en silencio. Carla, continuó rumiando sus penas. Vagando por los extensos jardines como un alma desesperada, vistiendo luctuosos harapos que la hacía ver más pavorosa.

Los pequeños del pueblo, que se acercaban a la ya ruinosa casa, al verla caminar descalza por los enmarañados jardines, lanzaban piedras de manera inmisericorde, sin obtener ninguna respuesta.

Tiempo después, una noche de Halloween, la vieja doncella que quedaba como parte del antiguo servicio de la familia, despierta asustada al advertir los terroríficos quejidos que provenía del piso noble de la casa.

“Pier, no lo hagas, no lo hagas” alcanzó a escuchar la humilde servidora, que no se atrevió subir para socorrer a su ama.

A la mañana siguiente, acompañada por la policía local, encontraron el cadáver ensangrentado de una vieja dama.

El enjuto cuerpo desnudo, tirado sobre una manchada alfombra persa, mostraba los signos de un feroz ataque, pero lo que más impresionó a los presentes fue, que le arrancaron el corazón y este reposaba sobre una delicada bandeja de plata, cuidadosamente colocada en el centro de la gran cama endoselada.

“No pudo ser un suicidio” acotan los investigadores, pero, ¿cómo pudo entrar alguien cuando las ventanas han permanecido selladas?

Pero a pesar del misterio planteado, la crueldad del hecho y la prominencia de la dama, el caso fue inmediatamente cerrado.

Nadie quiso averiguar, nadie se preocupó por indagar, sobre los hechos se pasó un espeso velo que nadie se atrevió a descorrer y que, un siglo después, a nadie le interesa desvelar.

Hoy, la casa de los susurros es solo un sangriento recuerdo. Una leyenda urbana obscurecida por el tiempo de la que nadie habla pero que, aún, sin ser mencionada, permanece fresca en la mente de los lugareños.

Ana Teresa Delgado de Marin

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