Fresa y chocolate: La amistad bajo las sombras

Fresa y chocolate: La amistad bajo las sombras

El sábado amaneció extraño, tenso. «Fuertes rumores indican que el ayatolá Jamenei fue asesinado en medio de un bombardeo sorpresa», indicaban las noticias. El 2026 ha sido un año de esperanza, de movimientos y de cambios inesperados. Pero 2026 también ha sido un año de suspenso, de espera, de nervios. Para distraerse, ¿qué mejor que ir a almorzar con uno de tus mejores amigos? Para desintoxicarse un poco de la vorágine, ¿qué mejor que ir luego al teatro? Hacía tiempo, cuando aún estudiaba en la universidad, había visto «Fresa y chocolate» en el Trasnocho Cultural; quería verla de nuevo porque, como dicen por ahí, uno siempre regresa a los lugares en los que ha sido feliz.

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Para quien no lo sepa, «Fresa y chocolate» está basada en un maravilloso relato de Senel Paz llamado «El lobo, el bosque y el hombre nuevo». Conocí bien la literatura cubana gracias a un profesor emigrado de La Habana con quien tuve la fortuna de estudiar hace varios años. Entre tantas cosas que aprendí con él, estaban las historias de Senel Paz, siendo ésta la más popular, multipremiada y famosa. «Fresa y chocolate» es una fábula sencilla, directa, concisa, pragmática; un retrato al óleo, pintado con colores caribe y con aire de malecón, sobre esa idea tan repetida una y otra vez en Latinoamérica y en el mundo: querer imponer a los demás el mundo que a mí me gusta.

 

En este caso, el encargado de llevar «Fresa y chocolate» a las tablas fue el Grupo Actoral 80, bajo la tutela del experimentado Héctor Manrique. «Fresa y chocolate» relata la amistad entre Diego y David, o entre David y Diego, ya que el orden de los factores, en los amigos verdaderos, jamás altera el producto. David es un militante, un creyente de la revolución, un «soldado» fantasma en una lucha contra un enemigo invisible. Diego es una suerte de erudito, un amante de la buena vida que le permiten sus circunstancias, un dandy de tierra caliente que camina siempre bajo el yugo de ser señalado por lo que algunos consideran su estigma: ser homosexual.

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La relación que se va forjando entre David (interpretado de forma precisa por Daniel Rodríguez Cegarra) y Diego (encarnado magistralmente por Jesús Das Merces) es un camino espinoso, accidentado, gracioso y conmovedor. Es una suerte de juego del gato y el ratón que, minuto a minuto, deja de ser simpático y comienza a ser tierno, triste, frustrante. Sobre los amigos se cierne la pesada sombra de la represión, del militante fanático radical (ejecutado por el imponente Adolfo Nittoli) que vigila cada paso siempre con desconfianza porque, para él, el orden de las cosas es más importante que las cosas en sí mismas. Diego no encaja en el nuevo ideal, por lo tanto, Diego es peligroso, depravado, enemigo.

 

«Fresa y chocolate» es una propuesta siempre fresca (como un helado en Coppelia) que divierte, hiere y cuestiona a partes iguales. Es una obra que sigue más vigente que nunca, una historia con sabor a trópico pero también con esa sombra tan nuestra, tan venezolana, de haber perdido amistades que emigraron a otros lugares mientras nos dejaban el corazón derretido y un frío inenarrable en el medio del corazón. Y, habiéndola visto el mismo sábado en el que Irán es un poquito más libre, uno no puede evitar preguntarse: ¿Cuándo será el turno de Cuba?

 

«Fresa y chocolate» se estará presentando en el Trasnocho Cultural los días viernes, sábados (6:00 p.m.) y domingos (5:00 p.m.) Las entradas se pueden adquirir en las taquillas del teatro y en la página web www.trasnochocultural.com

 

Tomás Arturo Marín

 

Ana Teresa Delgado de Marin

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