La joven Keria vive en los límites de la selva tropical de Borneo cuando descubre a un bebé orangután que acaba de perder a su familia. Juntos, y con el apoyo de la población indígena, intentarán defender su hábitat frente a quienes pretenden deforestar el bosque para convertirlo en una gran ciudad.
Aunque la ingenuidad de la premisa es evidente, Claude Barras logra sostener la trama gracias a una galería de personajes variada y atractiva. El director de la excelente La vida de Calabacín (nominada al Oscar en 2016) no cuenta esta vez con Céline Sciamma en el guion, ni con una historia basada en un libro infantil previo. Si bien el relato resulta menos sugerente en su mensaje ecologista, gana en ritmo gracias a la chispa de personajes que generan diálogos divertidos.
La película destaca especialmente en su primer tercio, centrado en la peculiar amistad entre dos huérfanos con realidades opuestas: una adolescente distanciada de su padre y un pequeño simio que ansía recuperar su hogar. Sin embargo, las aventuras posteriores pierden fascinación y desembocan en un final demasiado abrupto, que no termina de cumplir las expectativas de un inicio que prometía la emotividad de obras como Robot salvaje, por ejemplo.
ATD.M
