LA MONJA

LA MONJA

Claudio E. Pompilio Quevedo

Foto. CEPQ mediante AI

 

Gritos estremecedores rompen la apacible quietud del convento, despertando ex abrupto a las hermanas que a esa hora duermen profundamente o se entregan, penitentes, a la recitación del santo rosario.

 

Las tres de la madrugada es una hora aciaga, amarga y funesta, conocida en los anales de la fe como la hora del diablo: ese instante abismal en que el maligno y sus espíritus inmundos emergen del inframundo para escupir su burla sobre la creación del Padre y sembrar la ponzoña del mal, desgarrando con especial encono a los débiles de espíritu y a los menesterosos de fe.

 

Aterrorizadas, las monjas se cubren a toda prisa con sus hábitos y abandonan sus celdas para congregarse en el corazón del claustro. Allí las aguarda la abadesa con los ojos

desorbitados, estrujando con furia entre sus dedos huesudos la vieja camándula de madera que le regalara su madre el lejano día en que decidió renunciar al mundo e ingresar en la orden del Carmelo.

 

 

Visiblemente conmovida, Sor Caterina, una de las religiosas más añejas del recinto, suplica a las hermanas que mantengan la calma y observen el sagrado silencio; sin embargo, es tal la zozobra que, contraviniendo la regla, las mujeres no cesan de farfullar, preguntándose en un coro angustioso por la aterradora procedencia de semejantes alaridos en aquel lugar consagrado.

 

Esa noche de otoño se despliega oscura, densa, casi tangible. El cielo semeja una bóveda cóncava y vacía, privada del destello de las estrellas y despojada del consolador resplandor de la luna. Intempestivamente, una ráfaga gélida agita la copa seca de los árboles del patio, obligándolos a gemir de dolor cada vez que una frágil rama se quiebra para ir a estrellarse contra las piedrecillas del cuadrilátero cercado. El aullar distante de los lobos y el ulular lúgubre de los búhos parecen presagiar la presencia inmanente de la abominación, una sombra inmunda que las mujeres intuyen en la carne, estremeciéndolas en un calosfrío repentino.

 

Tras la tajante campanada que anuncia la muda de la hora, la abadesa eleva la mirada al firmamento, musitando algo inaudible: acaso una plegaria en pavoroso silencio al Eterno, un ruego desesperado… qui sait. Se vuelve hacia ellas con los ojos anegados en lágrimas y, con voz trémula pero imperiosa, sentencia:

 

—La hermana Agnes ha fallecido.

 

Un silencio sepulcral, espeso como la niebla, se instala entre las religiosas, al tiempo que un latigazo de hielo les recorre la espina dorsal. Con gesto autómata se persignan y bajan la mirada, clavándola en el suelo pétreo para ocultar las lágrimas furtivas que brotan como manantiales transparentes.

 

—¿Cómo es posible? —se murmuran unas a otras en voz baja, incapaces de dar crédito al hondo pesadumbre de la superiora.

 

Acopiando un valor del que carece en ese instante, la abadesa contempla a sus hermanas con infinita misericordia. Intentando apaciguar aquel desgarro colectivo, se dirige a ellas alzando el tono:

 

—¡Hermanas! Sor Agnes se hallaba gravemente enferma. En su infinita delicadeza, ella no deseaba que supierais de su dolor para no afligir vuestros corazones y, sostenida por una fe inquebrantable, abrazó el destino que Nuestro Señor le tenía reservado —dice, buscando con la mirada a Sor Caterina, anhelando hallar en su semblante un ademán de complicidad ante aquella piadosa patraña que acababa de urdir por la paz de la comunidad—. Agnes —añade— fue un modelo de virtud para todas nosotras. Cada vez que atravesemos por la penumbra de la prueba, recordémosla y emulemos su fe. Las hermanas Caterina, Úrsula, Mary y yo nos ocuparemos de velar y amortajar el cuerpo. Podéis retiraros a descansar o, mejor aún, a elevar vuestras preces por el eterno descanso de su alma. ¡Sor Agnes ha partido en paz!

 

Apenas pronunciada la última sílaba, una silueta informe y grotesca parece deslizarse entre las oscuras arcadas del claustro, esfumándose justo ante la portada de la capilla. Fue un soplo tenebroso, advertido únicamente por la abadesa y las monjas más ancianas, quienes, disimulando el espanto, se persignan sub rosa.

 

Acongojadas por la trágica pátina de la noticia, las hermanas se van retirando en estricto silencio, dejando el patio desierto con la sola excepción de las matronas de la orden, quienes se encaminan paso a paso hacia el refectorio. Allí, en medio del recinto sombrío, yace el cuerpo desnudo de Sor Agnes: mutilado, profanado y tinto en sangre.

 

Al aproximarse, una bocanada de aire helado y fétido extingue de golpe los candiles que portan, sumiendo la estancia en una penumbra pavorosa. De inmediato, unas pisadas pesadas,semejantes al andar de un bestial zarpazo, avanzan hacia ellas entre las sombras, secundadas por una risa desquiciada que hiela la sangre.

 

 

—¡Pobres criaturas ignorantes! —retumba una voz de ultratumba—. ¿Qué buscáis aquí? ¿Acaso no os dais cuenta de que esta mujer me pertenece, del mismo modo en que me pertenecéis todas vosotras?

 

Con entereza admirable, la abadesa planta cara a la oscuridad e increpa:

 

—¿Quién eres? ¿Qué buscas? ¡Muéstrate ante nosotras, presencia repulsiva, o aléjate de inmediato de las servidoras del Altísimo! En su sacrosanto nombre te conjuramos y expulsamos de este recinto sagrado. ¡No oses permanecer en la casa del Todopoderoso pretendiendo sembrar tu iniquidad!

 

Tras un bramido atronador que hace temblar los cimientos, todo retorna a una calma chicha y los candiles vuelven a encenderse espontáneamente.

 

Con la frente perlada por un sudor frío y las manos temblorosas, la superiora hace un ademán a sus acompañantes para acercarse a la víctima. Yaciendo de espaldas sobre un vasto charco de púrpura coagulada y rodeada por espantosos trazados diabólicos, la joven Agnes, de escasos dieciocho años, despliega aún en su rigor mortis la belleza mutilada de su juventud. Su cuerpo firme ostenta los vestigios de un martirio indecible: surcos de zarpazos sangrientos, mechones de cabello arrancados de raíz, labios destrozados, el pubis vilmente atravesado por una cruz de madera y el pecho entreabierto, despojado del corazón.

 

La abadesa se lleva las manos al rostro y por un segundo amaga con desplomarse, pero Sor Úrsula la sostiene con firmeza. Recobrando el aliento, la madre espiritual las conmina a actuar sin dilación:

 

—No podemos permitir bajo ningún concepto que las hermanas atestigüen semejante atrocidad. Lavemos el cuerpo de Sor Agnes para trasladarlo con sigilo a su celda y regresemos de inmediato a purificar este horror.

 

Con febril diligencia, las mujeres se apresuran a retirar el cadáver y borrar las huellas del sacrilegio.

 

A la mañana siguiente, el cuerpo de Sor Agnes reposa sobre un catre cubierto con pulcras lanas y sábanas blancas frente al altar mayor de la capilla. Luce el hábito de la orden carmelita, el rostro velado por un crespón negro, un rosario entrelazado entre sus dedos inerte y el lecho custodiado por altos cirios encendidos. Así la encuentran sus hermanas, quienes en fila compungida se acercan una a una a besar su frente congelada en señal de respeto antes de la llegada de Monseñor Levine, quien oficiará la misa de difuntos. Pocas horas después, sus restos son depositados en la fosa excavada a un costado del cenobio, el suelo donde por tradición reposan los restos de la congregación.

 

Transcurridos apenas unos días, el cadáver de otra hermana aparece desnudo, ultrajado y ensangrentado sobre las áureas gradas de la escalinata exterior de la capilla.

 

A pesar de la aparente normalidad y del silencio impuesto, las hermanas musitan presagios entre sí, comentando los extraños lamentos que se escuchaban desde la lejanía en las horas muertas. Ninguna atina a definir su naturaleza: «¡Era algo sobrenatural, algo macabro!», coinciden en murmurar. Tan solo Marcel, el anciano jardinero, jura ante la abadesa que, bien entrada la noche, creyó divisar la figura espectral de una monja corriendo hacia el claustro para alejarse de la capilla; sin embargo, al hallarse tiritando de frío y afiebrado por los efluvios del vino, juzgó que se trataba de un mero espejismo de la mente y no hizo el menor ademán de perseguirla.

 

Con creciente zozobra, la abadesa comprende que esta cadena de sangre no es casualidad. Siente en los poros la viciada presencia del maligno, empeñado en carcomer la Orden y aniquilar a sus hijas; pero una amarga sensación de desamparo la sobrecoge al admitir que, a pesar de su fe ardiente, se enfrenta a un misterio abismal que desborda su comprensión.

Convoca a las madres consejeras y les expone sus temores, suplicándoles aunar oraciones y desvelos para descubrir de qué ardides se vale el adversario para infiltrarse. Asigna a cada una la custodia de cuatro hermanas, más la desesperada providencia resulta estéril: de madrugada, como si la entidad tenebrosa se mofara de sus cautelas, los alaridos vuelven a convulsionar el silencio del claustro.

 

Sobre la gran cruz de mármol que erige su silueta en medio del patio interior, colgado, desnudo y atado con maromas, yace el cadáver de Sor Matilde. Sus ojos abiertos reflejan un horror abisal mientras hilos de púrpura manan de su carne profanada, exhibiendo el mismo estigma vil: el sexo destrozado por una cruz de madera.

 

Lo más pavoroso es que, ante aquel espectáculo macabro, complaciéndose con una carcajada demente, se alza la figura de una monja desconocida. Al percibir la estampida de las religiosas que acuden convulsionadas, la intrusa se da a la fuga sin dar margen a ser reconocida, esfumándose entre las penumbras como si se disolviera en el aire.

 

—Ya no cabe la menor duda: ¡el demonio habita entre nosotras! —concluye la abadesa con el alma sobrecogida.

 

Sin otra opción, Madre Teresa encomienda a las religiosas mayores que dispongan la pronta evacuación del convento. Custodiadas por Sor Mary y Sor Caterina, las jóvenes serán trasladadas a Saint-Étienne, donde confía en que hallarán refugio seguro.

 

Eran las cinco de la tarde del treinta y uno de octubre cuando, bajo el dintel del gran portón de roble del convento de Santa María, Madre Teresa y Sor Úrsula despiden a sus hermanas con el corazón entrecogido y el nombre de Jesús en los labios. A pesar del espanto reciente, a ninguna le complace desgajarse del que ha sido su sagrado hogar, pero la obediencia se impone, aun a costa de un desgarro inefable.

 

Cuando la comitiva se pierde en el horizonte de la bruma, Madre Teresa exhala un suspiro de abatimiento. Úrsula atranca la pesada puerta, echando doble llave al inmenso candado de hierro.

 

Solo quedan ellas. Dos almas a la espera de medirse contra lo desconocido.

 

Tomadas de la mano con el afecto puro que tejen las décadas de vida comunitaria, se dirigen al templo. Encienden los cirios del altar, queman incienso e invocan la protección del Altísimo, postrándose sobre la losa fría con los brazos en cruz y adosando las frentes al suelo congelado en señal de extrema humildad, penitencia y humillación.

 

Al dar la última de las doce campanadas de la medianoche, todos los cirios se apagan al unísono. La atmósfera de la capilla se enrarece al instante, invadida por un frío lacerante que cala hasta el tuétano. Una risotada grotesca retumba en la bóveda, emergiendo de todas partes y de ninguna.

 

Las monjas se incorporan aferrando en una mano la camándula y en la otra el crucifijo de madera que habitualmente preside sus camastros. Escudriñan la penumbra procurando adaptar la vista, pero tan solo logran perfilar la sombra alargada de una mujer ataviada con el hábito carmelita.

 

—Madre Teresa… Sor Úrsula… ¿Acaso me esperabais? Pues heme aquí! He vuelto para ponerme a vuestra entera disposición, mis queridas hermanas —articula la aparición con una voz dulcísima y aterciopelada—. Sois unas ingenuas al creer que armadas con una simple cruz de madera podéis detenerme. ¿De qué les sirvió a las otras? Terminó incrustada en su sexo, allí donde las muy santurronas jamás habían experimentado nada… hahaha.

—¿Eres un demonio? ¡Revela tu nombre, ser infernal! —grita Madre Teresa, con la secreta esperanza de que al desvelar la identidad del espectro pueda conjurarlo con mayor eficacia.

 

—Madre Teresa… ¡no soy un demonio! ¿Acaso en el ocaso de tu vida mortal te has olvidado de mí? ¿Has sepultado en el olvido la memoria de Ginebra?

 

La abadesa contempla con espanto el rostro que se perfila ante ella, congelándosele la sangre en las venas. Úrsula intenta dar un paso al frente para interponerse, pero con un leve ademán de su brazo, Ginebra la inmoviliza en el acto. En ese preciso instante, dos espíritus nefastos, de aterradora hermosura y desnudez explícita, se materializan junto a ella gesticulando con obscenidad. Mientras le desgarran el hábito a tirones, acarician su carne trémula clavando garras afiladas que abren surcos sangrientos, los cuales lamen extasiados antes de violarla violentamente, arrancándole alaridos de dolor y vergüenza.

 

—Ginebra… ¿por qué nos infliges este tormento? Nosotras no fuimos culpables de lo que te acaeció —suplica la abadesa, incrédula ante el sacrilegio que mancilla el altar.

 

—¡Claro que sois culpables, Madre Teresa! Yo era apenas una criatura, una niña de dieciséis años cuando el padre Clément me sedujo y me forzó a ser su concubina durante meses, bajo el silencio cómplice e hipócrita de esta orden. Y lo que ese vil hombre me hacía a mí, se lo infligió a muchas otras… ¡por eso hoy arde en lo más profundo del averno!

 

Madre Teresa intenta articular una respuesta, pero la aparición prosigue impasible mientras Úrsula es ultrajada sin piedad, hasta que sus gritos se apagan, resignada a su aciago martirio.

 

—Fue por vuestra cobardía que di a luz a una niña que me fue arrancada de los brazos apenas nació, empujándome a las sombras de la locura y obligándome a colgarme de la cruz del patio, donde me hallasteis al amanecer. Y fue también por vuestra culpa que arrojasteis mi cadáver a un despeñadero como a un perro infame, sin el perdón de vuestro Dios. Por eso debéis pagar. Las iré cazando una a una, haciéndoles experimentar en la carne el desgarro de la profanación. Pobre Teresa… de nada te servirá haber enviado a las novicias a Saint-Étienne. ¿De verdad juzgabas que mi sombra no puede darles alcance? Sin saberlo me has entregado un regalo magnífico: así dispondré de más almas que arrebatar para que me hagan compañía en el infierno al que me condenasteis.

 

Madre Teresa llora con desolación. En un relámpago de la memoria acude a su mente el recuerdo de la desdichada Ginebra colgada de la cruz del patio, así como la impunidad del sacerdote seductor. Y en lo más hondo de su conciencia comprende que, aun cuando por aquel entonces ella era una joven de escasos veinticinco años, cargaba con la culpa imperdonable de la omisión.

 

Procurando aplacar la rabia del espectro y salvar a Úrsula de las garras de los íncubos, la abadesa intenta arrastrarse hacia el sagrario para tomar la Hostia Consagrada; sin embargo, el intento resulta vano. Ginebra, adivinando sus intenciones, la paraliza con un mero destello de su voluntad.

 

Exacerbando su furor, la asesina convoca a las huestes oscuras. Sombras grotescas se condensan en el aire y comienzan a prender fuego a las cortinas, la sillería, las celdas y los corredores del cenobio. Llamas voraces devoran cada rincón del cenobio milenario mientras Úrsula yace desplomada e inerte.

 

Sacando fuerzas de una flaqueza sobrehumana, Teresa logra erguirse y cargar a su hermana hasta la entrada, empujándola hacia el exterior a través de una pequeña portezuela lateral que milagrosamente permanecía desatrancada.

 

Mientras la techumbre comienza a colapsar en un crujido ensordecedor, la anciana abadesa sobrepasa el humo y regresa al claustro. En el centro del patio, desnuda y cubierta de hollín y sangre, Ginebra contempla fijamente la cruz de mármol donde entregó su vida.

—Ginebra… en nombre del Altísimo, ¡detén tu venganza! Perdona y serás perdonada. ¡Aún estás a tiempo de redimirte! —clama Madre Teresa, avanzándole con paso firme mientras empuña la cruz de madera de su celda.

 

La mujer, transfigurada en un demonio grotesco, ríe con desparpajo:

 

—¡Jamás, Madre Teresa! ¡Jamás!

 

En un acto de desesperada piedad y exorcismo, la superiora clava la punta de la madera en el sexo de la entidad. El cuerpo del espectro comienza a arder en llamaradas azuladas, emitiendo un alarido tan colosal que las sombras infernales se dispersan espantadas.

 

Madre Teresa cierra los ojos. Siente un impacto fulminante en el pecho, como si el corazón se le desintegrara en mil pedazos, y cae de bruces sobre el cuerpo inmóvil de Ginebra, quien en su último aliento recupera la efigie angelical de la novicia de dieciséis años que antaño cultivaba rosas en el jardín.

 

Las llamas lo devoran todo, erigiendo una densa columna de humo negro visible desde los pueblos colindantes.

 

Úrsula, malherida, pero con vida, logra incorporarse entre la hierba para contemplar con horror el holocausto del monasterio. Al alborear el nuevo día, cuando la torre de la capilla se derrumba estrepitosamente, la superviviente cree divisar entre el resplandor a su querida Madre Teresa y a Ginebra: tomadas de la mano, sonrientes, perdonadas, diciéndole un dulce e inaudible adiós.

 

El Día de Todos los Santos ha despuntado, y una nueva historia está a punto de comenzar.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Ana Teresa Delgado de Marin

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