Los premios Nobel, desde el principio de su existencia, han sido motivo de polémica entre los críticos y los no galardonados: que si ponían suecos a dedo, que si Echegaray (el primer laureado de habla hispana, casualmente dramaturgo) no lo merecía tanto como Valle-Inclan (también de habla hispana y también dramaturgo), que si por qué nunca ganó Borges, que si en qué estaban pensando cuando se les ocurrió dárselo a Dylan…
Sea cual sea el caso, quienes amamos el teatro, quienes lo amamos de verdad, con locura, con sus altos y bajos a lo largo de la historia, deberíamos siempre estar de enhorabuena (como se dice en España) cuando un premio tan importante como el Nobel recae en un dramaturgo. El último caso, en 2005, había sido el de Harold Pinter, dramaturgo inglés de un estilo depurado y eminentemente práctico. Tuvieron que pasar 18 años para que el galardón más prestigioso de las letras mundiales volviese a manos de un escritor de teatro: Jon Fosse, un corpulento noruego de cabello largo y mirada penetrante.
Ahora bien, quienes amamos el teatro y vivimos en Venezuela deberíamos celebrar por partida doble: no sólo por el hecho de que se vaya a estrenar “Alguien va a venir”, oficialmente la primera obra de Jon Fosse en el país, sino, además, porque ésta estará dirigida por Héctor Manrique, uno de los grandes titanes de las tablas nacionales, e intepretada por un elenco joven conformado por Larissa González, Daniel Rodríguez y Pedro Borgo.
El ambiente de “Alguien va a venir” es inquietante. Una casa desolada y vieja a la orilla del mar, una casa que se va descubriendo poco a poco, diálogo tras diálogo, como un haz de luz tenebrosa entre la niebla. La atmósfera, vivida por una pareja a priori adorable y con la que es fácil conectar, tiene un no sé qué de claustrofobia. Ellos, de época, de punta en blanco (podría decirse que literalmente, ya que los vestuarios, blanquísimos, son uno de los mejores aciertos de la puesta en escena) han comprado la propiedad, pero una premonición, la sensación de que no están solos, los acecha, los atormenta.
“Alguien va a venir” tiene reminiscencias del Teatro del Absurdo, aquel teatro de la posguerra en el que se reflejaba el sinsentido de la vida cotidiana, el pesimismo y la burla hacia las ideas más apreciadas de los seres humanos. Los diálogos, al principio desesperantes, cadentes, repetitivos, poco a poco van tomando cuerpo y asentándose en el lugar indicado. Pero la obra también tiene cierto toque de misterio, de ansiedad, que se materializa con la presencia de ese alguien que termina de llegar.
Es difícil describir el género exacto de “Alguien va a venir”. Es muy seria para ser una comedia, es muy divertida para ser una tragedia, tampoco es un drama propiamente. En la complejidad de esa mezcla es donde, como se dice en el argot futbolístico, Jon Fosse saca la casta, ayudado, en este caso, por un montaje en donde el blanco, aséptico, paradójicamente oscuro, resalta en una puesta en escena que aprovecha bien e inteligentemente todo el espacio.
Recuerdo bien las palabras de Héctor Manrique, una vez, cuando dijo que hacer las cosas bien, hoy en día y en este país, parece más un acto de rebeldía que sentido común. Y yo, que comulgo con esa idea, celebro profundamente que una obra como “Alguien va a venir” (con su complejidad y su importancia) se monte, con tanta ilusión y con tanto cariño, en un panorama teatral en el que la risa fácil y el chiste vulgar cada vez parece más la norma.
“Alguien va a venir” estará en cartelera, en el Espacio Plural del Trasnocho Cultural, hasta el 2 de junio. Ojalá mucha gente vaya a verla, porque engloba un teatro cómico y sombrío a la vez, con unos actores que dan todo de sí para contar una historia que, en medio de su engañosa sencillez, sin duda es sustanciosa. Obviamente siempre habrá cositas que pulir, en todos lados. Los ganadores de los premios Nobel, con todo y su polémica, trabajaron sin descanso para que su obra fuera reconocida y premiada. Ellos, Jon Fosse incluido, hicieron su acto de rebeldía, hicieron las cosas bien.
Tomás Arturo Marín
