Una historia que divierte y estremece a partes iguales. Los personajes justos y necesarios, sin saltos mortales en reversa ni pretensiones innecesarias. Unas actuaciones naturales, sobrias. Conflicto marcado en cada diálogo. Una caída libre controlada y espaciada hacia lo tenebroso. Un camino escénico directo, que no se va por las ramas. Una decoración hermosa en el decoro (valga la cacofonía) de su sencillez. “La niña jamón”, la obra teatral ganadora (en premio compartido) del Noveno festival de Jóvenes Directores del Trasnocho Cultural, lo tiene todo para convertirse en el montaje del año.
Desde que vi el afiche de “La niña jamón”, quedé, de alguna manera, imantado a la obra que se presentaría, dentro de unos días, en la legendaria sala “Espacio Plural” del Trasnocho Cultural. Una fotografía de dos personajes sonrientes que, de alguna manera, parecían escoltar o proteger a una joven con una cara espeluznante de ansiedad y sufrimiento. Un título enigmático, además. “La niña jamón”. ¿Qué quería decir? ¿Qué significaba?
Por alguna razón, nunca me ha gustado empaparme de información de las obras en cartelera antes de ir a verlas. Evito las sinopsis y rechazo los comentarios de quienes ya han tenido la oportunidad de vivir la experiencia. Me gusta dejar que la obra me sorprenda, me atrape. No quiero ir con prejuicios, ni a favor ni en contra. No quiero, tampoco, ir con el ojo afilado del crítico (yo trabajo para ser creador, no crítico), prefiero ir con la mente abierta e ilusionada de quien quiere disfrutar de una buena historia.
Creo que una de las particularidades de “La niña jamón”, obra original de la argentina Laura Avelluto, es su capacidad de ir mutando, casi sin darnos cuenta, como una degradación sutil, de lo cómico a lo perverso. La historia parte de una trama simple, sencillísima: un muchacho (Mario Becerra) y su madre (Nella Martínez), los cuales sostienen una relación inquietante, preparan una cena, con mucho esmero, para la novia del muchacho en cuestión (Liah Esaa). El guion, que se va revelando lentamente, como un truco de magia, va demostrando, con destreza, cómo se puede atrapar a una audiencia al saber utilizar bien pocos elementos. Un texto y un montaje (dirigido en este caso por Leandro Campos) que nos recuerda que el teatro, sin ir en desmedro de su calidad, sin dejar de ser señalamiento, burla o mensaje es, antes que todo, entretenimiento.
Dar spoiler, o contar aquí el desenlace de “La niña jamón”, sería echar a perder un poco el hechizo que tiene el teatro, esta obra en particular, de impactar, de dar sorpresa y de ir mostrándose a sí misma. La que parece una comedia inocente va sacando sus garras hasta el punto de dar más de un susto (en el mejor de los sentidos) al público presente. Mención especial, a mi parecer, tiene la actuación de Nella Martínez, quien encarna a un personaje tan oscuro como cínico, a una manipuladora tirana dentro de sus cuatro paredes.
“La niña jamón” podría ser, sin duda, el montaje más atractivo que he visto en lo que va de 2024. Espero, de corazón, que exista una segunda temporada de esta obra. Me encantaría, también, que muchos guionistas, sobre todo venezolanos, tomaran este texto como un ejemplo de que se puede impactar, conmover y hacer pensar tomando la premisa de “menos es más”, sin recurrir (sobre todo cuando no se tienen recursos) a lo rocambolesco, a lo rebuscado, a lo forzadamente “artístico”.
Una obra totalmente recomendada para un futuro.
Tomás Arturo Marín
