La casita de chocolate Por: Claudio E. Pompilio Quevedo

La casita de chocolate Por: Claudio E. Pompilio Quevedo

La pastelería del señor Strauss está en plena efervescencia.

Grandes hornos encendidos al máximo de su potencia. Sutiles nubes de de azúcar Glass se esparcen por doquier cubriendo a los presentes con un dulce manto. Frutas confitadas reposan dentro de grandes tazones a la espera de ser usadas.

Aroma a flores de azahar, canela, vainilla, clavos, jengibre y cardamomo impregnan cada resquicio de la cocina, mientras talentosos maestros chocolateros, «los mejores de la ciudad» se afanan temperando el ingrediente rey del negocio; el obscuro chocolate sudamericano.

Cada uno de los empleados  tiene una tarea asignada, que cumplen a la perfección con eficacia cronometrica.

Presentes se encuentran los que mezclan y amasan. Los precisos cortadores. El meticuloso horneador. Las delicadas decoradoras y aquellos que, con mimo, empaquetan cada una de las dulces creaciones de la Maison.

A la cabeza de éste comprometido ejercito, con su uniforme blanco inmaculado, el venerable señor Stauss; un reconocido pastelero vienés que desde su llegada regenta el centenario comercio con mano de hierro y guante de seda, siendo temido, admirado y querido por sus dependientes que lo ven casi como a un padre protector.

-Rápido, no pierdan el ritmo. Tenemos mucho que preparar para ésta noche- se le escucha decir con voz grave y autoritaria apretando en su mano un enorme batidor que parece la batuta de un director de orquesta-

Afuera, para el común de las personas, ha comenzado la temporada de fiestas. Estamos a 07 de diciembre de 1926, y es el Día de la Inmaculada, Patrona de la Ciudad.

La calle principal, con negocios profusamente decorados, es un hervidero de gente que camina con prisa, cargados de lustrosos paquetes con brillantes moños.

Éste día la pastelería permanece cerrada, con las cortinas corridas, evitando que clientes y curiosos atisben al interior y observen la frenética actividad que se desarrolla desde muy tempranas horas de la mañana.

Y aunque nadie se detiene ante la elegante fachada del edificio, con imponente cartel de caligrafía inglesa y grandes farolas doradas, todos saben que hoy es la noche mágica, cuando el viejo maestro, al descorrer las pesadas cortinas de terciopelo bordeaux, orladas de oro, desvela ante los atónitos ojos de los parroquianos, la puesta en escena diseñada primorosamente para presentar los más fascinantes dulces y golosinas que inauguran la temporada dicembrina.

Para los privilegiados integrantes de la gran sociedad, la noche del 07 a las 07, es una cita importante., especialmente para las damas vanidosas que visten sus más lujosas galas y relucientes joyas, que muestran cuál pavos reales galantes. ante la gente de la villa, que impaciente se agolpa en las aceras tratando de ver el desfile de vanidades y oropel y soñar con las creaciones expuestas en las vitrinas.

Pero entre todos los expectantes de la gran apertura, no hay otra más emocionada que Elizabeth; una pequeña de diez años, huérfana de padre, que en los fríos días de invierno vende castañas en la Plaza de la Libertad.

Para ella no hay experiencia más hermosa que ver como se van abriendo los velos de la tienda para disfrutar un festival de luces, colores, formas, deliciosos olores y sabores anunciando ¡ya es Navidad!

-Qué tendrá de nuevo éste año el señor Strauss- se pregunta cerrando los ojos tratando de imaginar, al tiempo que frota sus manos sobre el vientre y relame sus labios de grana mientras se le hace agua la boca.

-Ésta noche lo sabré- sentencia decidida y marcha a su lugar de trabajo en la plaza para ofrecer a los viandantes sus cucuruchos de castañas calientes.

Mucho antes de la hora señalada, la calle de Strauss se convierte en un verdadero pandemónium.

Gente que se va aglomerando. Un incesante vaivén de lujosos Packard con chóferes uniformados dejan descender a hermosas mujeres de sofisticados vestidos de seda y joyas deslumbrantes, acompañadas de recios caballeros vestidos de etiqueta, que parados sobre una espesa alfombra roja esperan impacientes la presencia del amado maestro.

Las siete menos cuarto, anuncian las campanas de la Magdalena cuando Elizabeth llega corriendo para no perder detalle del evento y fortuitamente logra ubicarse justo al frente de la gran vitrina principal.

Una banda con uniforme militar de relucientes abotonadura dorada toca conocidos villancicos cuando la gente elegante, al unísono,  comienzan a corear el número de las siguientes campanadas, hasta que a la hora señalada, Strauss, pletórico de dicha y con sonrisa bonachona, hace un gesto con su mano derecha y entre ruidosos fuegos de artificio, las veladuras se retiran y la multitud aplaude frenética, mientras dejan escapar profundos suspiros y exclamaciones de asombro.

Armados con burbujeantes copas de champagne, la gente que cuenta en la ciudad, presididos por el señor Alcalde y su rubia esposa ingresan al negocio, para desplazarse entre los amplios pasillos repletos de tortas, dulces, mazapanes, chupetas, muñecos, casas de jengibre y sin mirar los costos sacar sus billeteras en un irrefrenable impulso de comprar, mientras una alegra banda de jazz toca desenfrenada.

Mientras las risas descontroladas crecen dentro del lujoso establecimiento, la calle va quedando silenciosa y solitaria.

Los curiosos van marchando, fascinados ante la visión de un mundo inalcanzable para ellos, que les permite soñar por un momento, haciéndoles olvidar sus penas.

Frente a la gran vitrina principal solo permanece la pequeña vendedora de castañas, pegada al cristal congelado, observando extasiada y con mirada indescriptible, sin saber que también ella es observada, la hermosa casita de chocolate colocada sobre un dorado pedestal rodeada de doradas flores de pascua.

Cuando los alegren invitados se marchan y las cortinas comienzan a cerrarse nuevamente, la pequeña emprende su camino  casa, aferrando entre su manos un desgastado pañuelo blanco donde porta el producto de su trabajo y mientras camina por las calles nevadas, imagina  cómo sería poder comprar esa casita para compartir con su madre y sus hermanos.

-Tal vez si me esfuerzo y vendo más castañas, el señor Strauss me la puede vender- piensa con inocente tristeza siendo consciente que es solo un sueño.

Aún así, todos los días a la misma hora, antes de ir a al la plaza de la Libertad pasa por la pastelería y casi con reverencia permanece largo rato admirando la casita reluciente que parece esperarla.

Al otro lado de la calle, la observan desde un lujoso Packard rojo que la ha seguido todos los días sin que ella se percate.

En vísperas de Nochebuena, bajo una sutil nevada, la muchacha temblorosa palpa con su mano las escasas monedas que reguarda en el bolsillo de su roído abrigo y está a punto de marchar cuando  del Packard  desciende una hermosa dama olorosa a rosas y vestida de luto riguroso que se detiene a su lado observando la vitrina.

-Hermosa verdad?- pregunta de improviso a la muchacha señalando la casita que parece iluminada con una luz especial.

-Es lo más bello que he visto en mi vida. Soñaba poder comprarla para mi y mi familia. En la Plaza de la Libertad vendí muchas castañas, pero aún así… no puedo. Es muy costosa!. No es para mi!- responde quedamente la interpelada con voz casi imperceptible.

En un momento inesperado, se asoma una de las empleadas que mira a la curiosas. La dama del Packard le hace un guiño y ésta coloca el cartelito de «vendida».

Elizabeth queda pasmada y baja los ojos que se anegan en lágrimas.. La extraña se inclina suavemente hacia ella. Con dulzura le acaricia la mejilla, enjuga una lágrima y consuela diciendo…

-Pequeña… Nunca dejes de soñar. Cuando de verdad deseamos algo de corazón, todo es posible y los milagros ocurren-

Elizabeth sonríe agradecida y se marcha cabizbaja sintiendo un profundo dolor en su corazón.

La mañana del 25 de diciembre amanece fría y cubierta de una espesa capa de nieve. La Nochebuena fue una blanca navidad, en derredor casi todos duermen, pero en casa de la pequeña  vendedora de castañas se escucha una alegre conmoción-

-Elizabeth, despierta! baja corriendo. Ven pronto que ha ocurrido un milagro- clama la madre a grandes voces, rodeada de sus pequeños que brincan de gozo.

La durmiente despierta desconcertada, somnolienta salta de la cama y corre escaleras abajo, frenando en seco al ver posadas en el centro de la tosca mesa que hace de comedor, la casita del señor Strauss rodeada de otras golosinas.

-Cómo es posible- dice asombrada sin poder dar crédito a sus ojos.

-La ha traído una elegante señora- responde la madre emocionada. -Es para la pequeña vendedora de castañas-

Los ojos de la niña se anegan por las lágrimas y corre a abrazar a su madre que le entrega una pequeña tarjeta.

-Para la pequeña vendedora de castañas que me robó el corazón. ¡Feliz Navidad!.-logra leer entre sollozos, y al estrecharla contra su corazón puede sentir y reconocer el delicado aroma a rosas de la desconocida frente a la vitrina, y cerrando los ojos fuertemente, en silencio agradece su maravilloso e inolvidable regalo de navidad.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Ana Teresa Delgado de Marin

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