“Sangre en el diván”, el crudo espejo en el que cuesta mirarse

“Sangre en el diván”, el crudo espejo en el que cuesta mirarse

“Teatro documental” es un término volátil, contradictorio. Sesudos e interminables estudios han intentado, cada uno desde su trinchera, brindar una definición definitiva (valga la cacofonía) a esas dos palabras que, a primera vista, parecen irreconciliables. Unos dicen que se trata de teatro político. Otros afirman que es teatro de no ficción. Algunos más defienden que es una mezcla de ambos.

 

Venezuela también es un país volátil y contradictorio, una nación paradójica en donde se pueden topar la brillantez más luminosa y la oscuridad más total; un mapa de claros y oscuros que se siente más que se comprende, que se vive más que se analiza. Unos dicen que hay un camino. Otros hablan de tiempos mejores. Algunos más se hacen a la idea de que Venezuela no es más que un rincón de la América del Sur perdido para siempre.

Hacer teatro documental sobre Venezuela es una tarea compleja, sumamente compleja. No se trata, simplemente, de representar en escena una problemática para ir hacia la búsqueda del lamento repetitivo o del aplauso fácil. Para hacer teatro documental sobre Venezuela hay que ser capaz de ver más allá, de atreverse a hurgar en una herida incómoda (incómoda de verdad) que, muchas veces, es ignorada y dejada de lado; además, como es ley en el teatro desde que el mundo es mundo, hay que saber entretener.

 

“Sangre en el diván”, la obra bandera de Héctor Manrique como actor en los últimos tiempos, es un acertado ejemplo del malabarismo que implica hacer teatro documental en Venezuela. Es un proyecto que lleva (con períodos intermitentes, claro está) una década dando de qué hablar no sólo a nivel artístico/escénico, sino a nivel sociológico, histórico, político y reflexivo. ¿Y cómo no lo va a hacer, partiendo del hecho de que está basado no sólo en la vida de uno de los venezolanos más fascinantes (suena terrible decirlo) de la historia, sino en su horrendo y macabro crimen, que fue capaz de estremecer los nervios de una sociedad que, con los años, parece ir petrificando su capacidad de impresión?

He visto dos veces “Sangre en el diván”, ambas en este 2024. “Segundas partes no son buenas”, suelen decir por ahí, pero a mí, en lo personal, me gustó aún más la función del pasado 2 de junio que aquélla a la que asistí en enero; quizás porque atmósfera algo sombría y melancólica de los domingos que, lo queramos o no, perfuma las tablas, calza con la puesta en escena, quizás porque fui con una amiga psicóloga que, un par de días antes, me había dicho: «Aún no me he atrevido a enfrentarme a esa obra, siento que me va a remover muchas cosas».

 

Héctor Manrique, en un papel que ha ido enriqueciendo y perfeccionando a lo largo de los años, se mete en la piel de Edmundo Chirinos, psiquiatra de tres presidentes, rector de la Universidad Central de Venezuela, investigador brillante, asesino oscuro y narcisista de una sangre tan fría que es capaz de helar también a los demás. Uno de los aspectos más escalofriantes de “Sangre en el diván” radica en el hecho de que podría decirse que fue una obra escrita por el mismo Chirinos, ya que todo el monólogo (excepto algún que otro toque humorístico o de actualidad que Manrique aporta) es transcripción directa de un capítulo del libro homónimo de Ibéyise Pachecho, un libro que aproveché para leer en enero, luego de ver la obra por primera vez, un libro que recomiendo ampliamente y del que destaco (personalmente mi parte favorita) su epílogo, una conversación/entrevista inédita y sombría entre Edmundo Chirinos y Miyó Vestrini, talentosísima y nihilista poetisa venezolana marcada por un sino trágico, aunque distinto al del psiquiatra.

 

Uno de los logros más maravillosos y notables de Héctor Manrique en el papel de Edmundo Chirinos es el de destacar, mediante destreza y ciertos toques de improvisación, el lado más cínico y encantador del personaje. Hace reír, hace pensar, dice cosas que, irrefutablemente, son ciertas. Baila boleros, recita poemas de Neruda, da consejos de cosas tan sencillas como la mejor manera de colocarse agua de colonia. Cuenta, con simpatía y desfachatez, sus argumentos, inverosímiles, torpes, respecto al caso de Roxana Vargas. Conecta con un público que, función tras función, se rinde a él.

Una obra como “Sangre en el diván” es imprescindible para intentar comprender la maraña que tiene atrapada a Venezuela: dejadez, ambición de poder, contactos, influencias, falta de empatía, desconocimiento de la historia, egoísmo y violencia, mucha violencia. Y desde afuera, como producto artístico, también es imprescindible como un ejemplo de un montaje bien hecho: entretenido, bien dirigido, bien producido, bien cuidado; un montaje que, tras una década, es capaz de llenar la sala más grande del Trasnocho cultural durante un domingo de clima lluvioso.

 

“Sangre en el diván” es un espejo al que cuesta sostenerle la mirada. Venezuela es un país capaz de lo más sublime y lo más terrible. Establecer un pensamiento crítico, no enterrar los problemas bajo la alfombra mientras vemos hacia otro lado es el primer paso para cambiar la brújula hacia la sociedad que queremos. Porque muchos, sin darse cuenta, agachan la cabeza a pesar de la injusticia y la sangre. Muchos, sin darse cuenta, hacen como Chirinos y prefieren decir: «Yo estoy bien. Yo estoy muy bien».

 

Tomás Arturo Marín

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Ana Teresa Delgado de Marin

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