No me da miedo decirlo: Venezuela ha sufrido, sobre todo luego de la pandemia, de la que aún quedan ciertas secuelas, ciertos coletazos, un estancamiento en lo que se refiere a teatro. Con excepciones (claro está), las ideas, si no son vulgares, estúpidas y predecibles, son chovinistas, maniqueas o victimistas. Es por eso que siempre es refrescante dar una mirada a las dramaturgias extranjeras, a esos autores nuevos (o relativamente nuevos) que se hallan a la búsqueda de montajes que intenten devolver al teatro su un poco empañada (en estos días) gloria.
Desde que vi el afiche de “Jugadores”, supe que la obra, al menos, pintaba interesante. El elenco, como se suele decir de forma coloquial, era de puros grandes ligas. Antonio Delli, en una opinión profundamente personal, me parece el mejor actor que he visto, en toda mi vida, sobre las tablas caraqueñas. Y ni hablar, por ejemplo, de Héctor Manrique, toda una eminencia (con sus aciertos y desaciertos, como todos) dentro de la escena. No menos elogios para Armando Cabrera y Djamil Jassir.
“Jugadores” tiene, más allá de su trama (de la que hablaremos luego), una de las características que más aprecio (y una de las más infravaloradas, lamentablemente, en los últimos tiempos): pocos personajes en escena. Puede parecer un detalle nimio o sin importancia, pero el crear una propuesta teatral con pocos personajes fuerza un poco a hacer síntesis, a reducir, muchas veces, la trama al mínimo común. Claro está que esto es subjetivo y que tiene una cantidad de capas que no quiero analizar aquí, pero, a mi parecer, es un aspecto a destacar.
La trama de “Jugadores”, más allá de sus bifurcaciones, se resume en que abarca la vida de cuatro amigos, en plena crisis entre la mediana edad y la edad avanzada, que, casi sin querer, paso a paso, han caído, irremediablemente, en el fracaso, en el patetismo y en la decadencia. Todos tienen sus virtudes y, sobre todo, sus defectos, pero el punto débil de todos, más allá del aire de derrota, es la falta de dinero, agravada por uno de ellos, quizás el más vulnerable, que está enfrentando un proceso judicial por haber sufrido un ataque de ira que degeneró en violencia contra (irónicamente) un joven.
Es cierto que Bertolt Brecht, quizás el mejor dramaturgo alemán de todos los tiempos, decía que el arte, más que un espejo para ver la realidad, era un martillo para darle forma. Pero, contradiciendo al maestro del Teatro Épico, creo firmemente que es inevitable que “Jugadores”, escrita por el director, actor y autor español Pau Miró, se convierta, a medida que avanza, en un espejo para el público, sobre todo para el público masculino. ¿Quién de nosotros no ha sufrido un ataque de ira? ¿Quién de nosotros no se ha encariñado con una persona a la que le damos totalmente igual? ¿Quién de nosotros no ha sufrido miedo a que nuestra persona amada nos deje flotando en el abismo?
La obra, como tal, sin llegar a tener estructura aristotélica, se divide en pequeños cuadros que, divertidos y colocados a la perfección, hacen que nada sobre y nada falte. El crimen que los cuatro amigos fracasados pactan cometer, la música (un elemento que me pareció maravilloso) de Dean Martin, las pequeñas pistas que se van dejando para intentar elucubrar un final en un montaje, dirigido hermosamente por Angélica Arteaga, en el que el tiempo pasa volando.
Como profesor, he invitado a mis alumnos a ver y a disfrutar de “Jugadores”, un montaje que es lo mejor que he visto en mucho tiempo y que, realmente, merece el viaje al siempre agradable y ameno Trasnocho Cultural.
Tomás Marín
